De los vaivenes de opinión. Ejemplo: Ernesto Sábato.

Noviembre 18, 2009

Es un tópico clásico comparar la opinión pública con el turbulento mar, por sus flujos y reflujos, porque no puede preverse si será tranquilo o indócil en un futuro próximo.

Aunque la oceanografía y la sociología hayan avanzado más que la poesía, como opinión pública parece estarnos vedado comprender nuestros vaivenes durante los hechos. Ver estos cambios, aun en retrospectiva, ayuda a poner en duda nuestras opiniones actuales.

Por ejemplo, en Argentina defenestrar al Sábato escritor está de moda desde hace tiempo; lo mismo que cuestionarle sus elogios a Videla. Tres cambios de opiniones, uno de Sábato y dos de la audiencia, pueden verse ahora como inevitables.

Para que Sábato, la comisión que presidía y el informe que publicaría, conocido como “Nunca Más”, fueran aceptados convenía ver en Sábato a alguien imparcial. Para lo que colaboraban sus atolondrados elogios de siete años atrás al “general cívico” Videla.

Y es que la opinión de Sábato había cambiado a un ritmo apenas mayor al de la opinión pública de la que él formaba parte, pues no pudo evitar ser contemporáneo a las percepciones masivas de los hechos y no quiso buscar otras. Pero la velocidad de cambio de la opinión pública, que Sábato tan bien presidía y representaba, no era la pretendida por quienes entonces accedieron al poder formal. Y al estrategia fue otra.

Fue considerado preferible acrecentar la imagen de Sábato para que, por hipálage, sus informes fueran considerados moralmente ciertos. Para ello se ensalzó la sensibilidad humanitaria de Sábato, su prestigio literario, su moderación y hasta que era prueba de honradez que viviera en su casa de Santos Lugares desde hacía tantos años, como si mudarse fuera hábito delictivo.

Además de los motivos personales que pudo tener Ernesto Sábato para aceptar presidir la comisión, el canal para persuadirlo fue seguramente familiar. Un hermano fue funcionario de Frondizi. Otro hermano lo fue de Illia. Un hijo fue luego vicecanciller y Ministro de Educación de Alfonsín.

Todo esto, que no fue casual, no significa malintencionado: políticos y clase alta gustan y precisan verse más allá del bien y del mal, con propósitos incomprensibles para las masas y que justifican algunos medios. Pero la victoria sobre lo que opinamos públicamente nosotros, las masas, es uno de sus objetivos eternos. Lo era de aquellos dirigentes, de sus adláteres y de sus circunstanciales aliados, muchos de los cuales eran parte también de la masa de opinión pública aun cuando a la vez contribuyeran a darle su provisoria forma.

En parte por el ensalzamiento de Sábato, esa victoria sobre la percepción de la opinión pública se logró. Fue victoria de convencimiento a las víctimas de la represión, para que eligieran revivir dolorosas vivencias como paso previo a que brindaran testimonio legal; victoria de información a una población que se descubría ignorante de las barbaridades del terrorismo de estado; victoria de creación de condiciones y recopilación de testimonios que permitirían enjuiciar civilmente a las Juntas Militares (acontecimiento histórico mundial que llevó a varios, como The Economist, a sostener que Raúl Alfonsín debió recibir el Premio Nobel de la Paz, según recordó el semanario a raíz del injustificable premio de este año); victoria de inaccesibilidad al poder a futuros aventureros de armas y dinero; victoria de concientización de las virtudes de la república y riesgos de las dictaduras; victoria que, por ser amplia y retomada, tenderá a ser recordada como política de estado; victoria que, por ser cultural, ha contribuido a que todo esto haya sido de largo aliento.

De esas victorias Sábato fue hacedor, entre tantos, e instrumento, entre tantos. Como instrumento fue elevado a unos altos sitiales desde donde le fue más fácil caer que mantenerse, cuando la necesidad política de sustentarlo terminó de esfumarse.

Porque tras alcanzar los grandes objetivos, ¿cuál podía ser la necesidad pública, o la conveniencia política con la cual se había confundido, por la que era bueno y útil callar pequeñas opiniones en pos de aquellos objetivos?

***

Alcanzados los villanos por el rayo del vilipendio, el prestigio de Sábato se redujo a su fama. Como sensible opinador moral que ha concluido con la causa que no había buscado iniciar, tema de tan poco interés para los medios masivos, giraban tanto las preguntas de los entrevistadores como las obedientes respuestas del famoso escritor que había presidido la CONADEP. Monotemáticas preguntas y desinspiradas respuestas terminarían transformando una imagen de referente moral en otra de depresivo hiperestésico.

A la vez, sobrevendidos sus libros, los críticos literarios y los pares del escritor retomaban tímidamente la opinión escéptica de sus virtudes literarias, en parte amparados por la acrecentada fama literaria de Borges, quien siempre había sugerido que Sábato era un escritor de segundo orden, en el mejor de los casos.

También fueron descubriendo aquellos especialistas que su timidez era cada vez menos necesaria, pues no eran acusados de reaccionarios a favor de dictaduras si sus críticas, aunque indirectas o de calculada indiferencia, se focalizaban en lo estrictamente literario. Y cuando algunos quisieron defenderse o acusar aun más, utilizaron las fútiles y pomposas declaraciones del Sábato de mayo de 1976.

Y es sugestivo que estos cambios sucedieran durante el Gobierno del sucesor de Alfonsín, el que presidió Ménem, que prefería la política de superación u olvido a la de juzgamiento de aquellos militares, cuyo infame catálogo de horrores que era el “Nunca Más” dejaba de ser noticia solo en parte porque ya lo había sido.

 ***

Aunque estas opiniones sobre motivaciones de los formadores de opinión pública son insuficientes, pues además de poca informadas les falta difíciles análisis de las condiciones que permitieron que unas opiniones generalizadas amplias pudieran ir prevaleciendo sobre otras, es para mí claro que aunque sepamos poco siempre podemos pensar mejor ese poco.

***


La irrelevancia de los foros

Octubre 13, 2009

Como saben, participo de un foro de inversores en bonos. Hace unos meses nos reunimos; parece que volveremos a reunirnos en un par de semanas. Y parece que seremos más que los doce de la otra vez.

Tengo algunas ideas y quería conocer vuestras opiniones y sugerencias.

Una es que, pese a que ignoro el monto total de inversión que nos involucra, pero que estimo entre 2 y 4 M usd, aprovecháramos esa fuerza relativa de la agrupación para negociar con los agentes bursátiles comisiones más bajas.

Otra es casi similar: aprovechando esa fuerza relativa y que los que iremos seremos muchos de los escribientes de contenidos generadores de decisiones de inversión, poder negociar un combo con agentes bursátiles: la generación de contenidos y el volumen de dinero que genera comisiones a cambio de una comisión más baja.

Una tercer idea es que la cantidad de información relevante diaria y su matematización para tomar decisiones lleva mucho tiempo. Si hubiera una especie de “división del trabajo”, sería más llevadero para cada uno. Esta división del trabajo existe de algún modo, pero tan  informal y desordenadamente que no suple prácticamente la labor individual. Entiendo que el servicio que cobra Reuters por parte de esta información, pero que incluye mucha más información sobre otros instrumentos de inversión, parte de 800 usd/mes por el servicio básico y alcanza los 3,000 usd/mes por uno no tan básico. Ignoro las tarifas de Bloomberg.

Mientras tanto, relacionar eficazmente la vida real con la semi virtual que es un foro o un blog, sigue siendo como la revolución un sueño eterno.


La irrelevancia de los planetas

Septiembre 25, 2009

La empresa donde trabajo invita a los empleados a un ciclo de almuerzos organizados con alguna regularidad durante los cuales un expositor destacado en las artes o las ciencias trata algún tema durante unos 45 minutos. Hace unas semanas vino el astrofísico Neil de Grasse Tyson, director del planetario Hayden y responsable del departamento de Astronomía del Museo de Historia Natural de Nueva York.

Grasse Tyson habló de la degradación de Plutón a planeta “enano” u objeto celeste sin derecho a ser llamado planeta, tras así disponerlo la Unión Internacional de Astrónomos enuna conferencia en Praga en 2006. Acaba de publicar un libro sobre el tema, “The Pluto Files: The Rise and Fall of America’s Favorite Planet” (Los archivos de Plutón: el ascenso y la caída del planeta favorito de Estados Unidos).

La certeza sobre la falta de cualidades planetarias de Plutón, dijo, era algo  conocido en la comunidad de astrónomos pero solamente se pudo afirmar tras la muerte de Clyde Tombaugh, el astrónomo que descubrió el otrora planeta en 1930. Dijo que solo en Estados Unidos se insistía con tanta vehemencia, aún hoy, en que Plutón es planeta porque el descubridor era estadounidense y porque un personaje de Disney se llama así (Pluto, el nombre del planeta en inglés) y recibe decenas de cartas de queja en el museo de escolares iracundos o perplejos por no haber visto el planeta en los gráficos del sistema solar del museo.

De hecho, la controversia por la degradación de Plutón se produjo por una carta que había enviado al museo un escolar de 7 años alertándole que “se han olvidado de Plutón en el sistema solar”, y para mayor seguridad había dibujado un círculo celeste, mostrando cómo era Plutón. El New York Times obtuvo la carta y publicó una nota en portada sobre el tema el mismo día en que George W. Bush asumió la presidencia de Estados Unidos tras ganar con una mayoría de cinco votos sobre cuatro en la Corte Suprema.

Grasse Tyson dijo que el asunto era más importante que la condición planetaria de Plutón o, si se quiere menos importante, porque lo que estaba quedando en claro con la exploración del cosmos es la existencia de una multiplicidad de cuerpos celestes que reúnen características planetarias (orbitan en torno del Sol o un sol; tienen suficiente gravedad como para asumir una forma esférica; y tienen gravedad suficiente como para despejar su órbita de cuerpos celestes de tamaño comparable). Son tantos los planetas, que es cada vez menos relevante si un objeto cósmico lo es o no.

Es un asunto más irrelevante que la incógnita sobre la vida extraterrestre, en la cual dijo creer. Más aun, dijo sospechar que hay vida más inteligente que la humana en otras partes del universo, y expresó su inquietud de que no seamos lo suficientemente inteligentes como para comunicarnos con ella. Se sabe que hay apenas una 4 por ciento de diferencia entre el ADN de un humano y el de un chimpancé. “¡Sólo 4 por ciento y qué diferencia! ¡Las óperas, los viajes a la Luna, la torre Eiffel, las ciudades!”, se regodean los humanos, observó. Para una especie de inteligencia superior con solo un 4 por ciento de diferencia, observó, nosotros seríamos el equivalente de un simio para ellos, toda nuestra arquitectura, ciencia, ciudades, nuestras obras, “nos verían como vemos un chimpancé que inserta ramitas en un nido de termitas”. Para qué habrían de molestarse en comunicarse con nosotros. “Ninguno de nosotros se pregunta, ni le importa, si un pejerrey es más inteligente que un bagre”.


Marineros de agua dulce

Septiembre 7, 2009

Muy entretenido articulo de Krugman sobre como los economistas no lograron evitar y ni siquiera se esperaban la crisis.


Alguien que escriba algo

Agosto 12, 2009

El último post fue piantavotos. Es más, después de nuestra última discusión sobre estadística Ale y yo directamente dejamos de hablarnos.

Ale te dejé un mensaje con Santi el otro día, te llegó? Te llevo pelotitas de squash o no?


Coeficiente Z

Julio 28, 2009

Durante el viaje avancé un poco más en el libro de estadística que estoy leyendo y me parece Ale que encontré algo útil: una manera de entender que posición en la curva ocupa cada uno de los valores de una serie. El libro es en inglés e ignoro si la función se traduzca como el título, pero en todo caso el término original es “z score”. El gran condicionamiento es que sirve únicamente para curvas de Gauss o “campanas” como les dicen en inglés (por alguna causa no se las reconocen a Gauss aunque el artículo de Wikipedia sobre él está muy bien).

Al principio pensé que esto lo volvía algo muy específico, pero el libro aclara que:

“Al manejar series grandes (más de 30 valores) tomando muestras repetidas de una población, toda serie de valores comienza a representar marcadamente una distribución normal.”

Un genio ese Gauss! Es más, este hallazgo es la base para usar matemática en las predicciones o “inferencial statistics”. Justamente estoy leyendo este libro que había abandonado hace meses porque haciendo gráficos el mes pasado me encontré que me salían muchas campanas de Gauss, lo cual fue una gran desilusión: para qué hacer gráficos si uno ya sabe cómo van a ser?

Cuestión que z = (valor individual – promedio) / desvío standard. No tan difícil! En Excel se puede usar la función STANDARDIZE o NORMALIZACION en la versión en español (increíblemente encontre una página que ofrece las traducciones de funciones de Excel en distintos idiomas, una nueva demostración de que Bing da para todo)

La utilidad de conocer z es que permite determinar la probabilidad de ocurrencia de un valor en una distribución normal. Esto se debe a que en una curva normal 50% de los valores se ubican a cada lado del promedio (z = 0), 34.13% hasta el primer desvío standard (z = 1), 13.59% hasta z = 2, 2.15% hasta z = 3 y 13% cuando z > 3. Ya no importa el signo porque la curva es igual de los dos lados de 0. Para conocer la probabilidad de cualquier valor, basta despejar usando el valor de z y los porcentajes cuando z iguala a 1, 2 y 3. Aclara el libro que al principio ayuda dibujarse una curva o para mayor velocidad usar la función NORMSDIST en Excel, DISTR.NORM.ESTAND en español (qué buena esa página!) cuyo único argumento es z.

Parece una teta (dijo Manu)

Parece una teta (dijo Manu)

No tengo del todo claro si esto ya es útil para tus cálculos Ale. Falta todavía casi medio libro y puede aparecer algo mejor. A mí se me ocurre un uso práctico para fijar objetivos a los países teniendo en cuenta las diferencias culturales en cómo se comportan los medios. “Tirado!” como dirían los de la revista Mad.


Tres libros amarillos

Junio 21, 2009

Luego de varias lecturas de ciencia ficción de aquella colección de mi vecino Gary (la elección por primera frase no defraudó) me fuí de excursión al Borders a buscar algo para cambiar de tema. Revisando las mesas de novedades elegí las tres novelas más diferentes que pude encontrar, todas con la tapa amarilla según noté después. Así fue la experiencia en orden de aparición en mi sistema de suspensión de la realidad:

Tres libros amarillos y dos no

Tres libros amarillos y dos no

1 – Chuck Palahniuk “Pygmy”

Un agente secreto de un estado absolutista llega a Estados Unidos para organizar un atentado. Su absurda pantalla: estudiante de intercambio de nivel secundario. La novela es la compilación cronológica de sus reportes secretos, escritos en primera persona en un inglés a lo Borat, abundando en la crítica despiadada a los usos y costumbres de la clase media suburbana pero incorporando halagos serviles a ciertos proceres de la propaganda de su nación, incluyendo a Hitler, Mussolini, Peron, Evita, Castro y el Che. Cuanto más fuerte y violento el rechazo del protagonista, más rápido lo acepta la repugnante sociedad que se propone destruir. No faltan las escenas crudas que podemos esperar del autor de “El Club de la Pelea”: es más, la trama gira en torno a ellas. En una segunda lectura puede pasar como manual del inmigrante antisocial.

2 – Elmore Leonard “Road Dogs”

De ahí cambié a esta historia completamente dentro de las normas sociales, más aceptada que motocicleta Harley Davidson y beber en público, escrita por un “maestro del género”  de la novela negra, como rezaba la contratapa. Pese a todas estas advertencias, no pude evitar sentirme defraudado por lo previsible de la historia. El protagonista es ladrón de bancos en lugar de detective privado. Hay latinos. Rescato el estilo pulcro y no se qué más. Excelente lectura por el baño aunque se te pierda el señalador.

3 – A. Lee Martínez “Monster”

Historia ideal para Pottermaníacos con síndrome de abstinencia (me incluyo). En este caso los magos son mayores de edad y tienen trabajos rutinarios y sin sentido para pagar el alquiler igual que todos los demás mortales. Cambian las palabras y las bestias, de las cuales hay todo un repertorio dado que el protagonista hace control de plagas “criptobiológicas”. Se crean oportunidades para personajes simpáticos, como la funcionaria pública que es una diosa venida a menos y puede estar en varios lugares al mismo tiempo, lo cual aprovecha teniendo varios puestos (ni se imaginan a los ñoquis).

4. Reif Larsen “The Selected Works of T. S. Spivet”

Así fue como dos semanas más tarde Manu se iba al Borders y le pedí esta cuarta novela cuya solapa me había quedado rondando en la cabeza, acerca del viaje de un cartógrafo a través de Estados Unidos. Si Rolo y yo nos descubrimos fanáticos de los mapas en nuestro breve derrotero por Florida, el protagonista de esta historia es nuestra guía espiritual, viajando desde Montana a la capital de colado en trenes de carga mientras dibuja sus propios mapas naturalistas. La intensidad emocional está dada porque el viajero es un científico prodigio de 12 años y su viaje transcurre en la actualidad, a escondidas de los padres. El libro es un poco más ancho de lo normal y los bordes de todas las páginas están cubiertas de ilustraciones de alta precisión con sus observaciones durante el viaje, desde el sistema circulatorio del cangrejo hasta el “mapa de la soledad”, que describe la frecuencia de personas caminando solas en Chicago. Todo sigiuendo el más riguroso, sensacional e inesperado método científico, en medio de algunas aventuras por momentos terribles. Esta novela terminó siendo lo mejor que leí en todo el año, lo cual habla muy bien acerca de las recorridas por las mesas de las librerías.

Debo mejorar mis ilustraciones

Debo mejorar mis ilustraciones

5. Bryce Courtenay “The Power of One”

Siempre mis visitas a lo de Gary incluyen algún préstamo literario y este tomo de 1989 fue lo que me deparó el último paso por su casa, además del consejo de seguir alquilando en lugar de comprar casa (el cual terminamos siguiendo). Todavía no lo empecé, buscando alguna lectura más liviana.  Pero ésta es la primera frase:

“Así ocurrió. Antes de empezar propiamente mi vida, hice el habitual lloriqueo y chupeteo, lo cual en mi caso fue sobre un par de pechos negros, gigantes y suaves. En la tradición africana, continué mamando durante mis primeros dos años y medio, luego de lo cual mi madriza Zulu se convirtió en mi niñera. Era una mujer hecha para la risa, el cariño y la suavidad, que me daba de mamar acariciando mis rizos rubios con una mano tan grande que parecía envolver toda mi cabeza. Me consolaba los llantos con una canción acerca de un guerrero valiente cazando un león y la canción de las mujeres lavando la ropa junto a la roca grande del río donde los mandriles bajaban de las montañas a beber. Mi vida empezó de verdad a los cinco, cuando mi madre tuvo su crisis nerviosa. Fui separado de mi adorable niñera negra con su gran sonrisa blanca y enviado a un colegio pupilo.”

Un dato quizás relacionado es que en Septiembre uno de los hijos mellizos de Gary se va a completar el secundario a Boston, de pupilo a la misma escuela donde estudió su papá.


Caballos Desdentados de Regalo

Junio 16, 2009

Tengo dos suegras. Una es la madre de mi esposa, la otra la pareja del padre de mi esposa, a la que llamaré suegra política.  Pero despejad el vulgar prejuicio que podría sugerir este hecho: cada una tiene sus rasgos individuales, virtudes e intereses diferentes. Ambas viven en otra ciudad, ambas se han hospedado con nosotros.

En razón de esto, creíamos, mi suegra política nos envío dos regalos hace unos días. Uno era para mi esposa, otro para mí. Los había enviado con mi suegro aprovechando que viajaba a nuestra ciudad.

Al abrir su regalo, mi esposa no entendió bien lo que era. Parecían unos minúsculos platitos de loza con forma y tamaño de almeja bebé. Ante el desconcierto de mi esposa, su padre, mi suegro veloz en las decisiones, llamó por teléfono a su pareja para que se explicara.

 - ¿Qué son esas cositas de loza? -preguntó mi suegro, con esa indiferente amabilidad de quien pregunta a un comensal si quiere que le pase más pan.

Y de inmediato mi suegro le pasó su teléfono a mi esposa, para no aburrirse con explicaciones hogareñas. Mi esposa escuchó el final.

 - …Como ella siempre sirve porciones tan chiquitas de helado…

Mi esposa devolvió el teléfono sin devolver palabra. De tal modo que mi suegra política no pudo saber quien había escuchado su explicación.

Abrí mi regalo, que era un libro. Su título era “El Éxito de los Perezosos”. No lo tomé como un insulto, como quiso tomarlo mi esposa, resentida por la ironía a su tacañería alimenticia que yo aun ignoraba. Pero al abrirlo y hojearlo confirmé mi prejuicio literario.

Conozco muchos libros que son un robo aunque los regalen y este era el producto de un criminal consumado. El postulado del libro estaba en el título, la explicación en ningún lado. De eso puedo dar fe aunque solo lo hojeé.

Porque, con descarada astucia, el autor supuso que quien comprara su libro sería perezoso hasta en la lectura.  Con esto en mente, el autor combinaba farragosas reiteraciones de manual de autoayuda en las páginas impares con citas e “ideas propias” en las páginas pares, impresas en letras grandes para llenarlas. Lo de “ideas propias” es una hipérbole por “opinión infundada que por su gramática finge ser sentencia”.

Tras quedar perplejo por el dispendio, me entretuvo pensar posibles respuestas a mi suegra política, cuando la vea.

 * Una sería decirle que me pareció un libro maravilloso; que dejé de trabajar; que ahora espero el éxito que el libro promete. Que mi esposa quiere hablar con ella, lo mismo que mi psiquiatra.

 * Otra sería decirle que me pareció un libro mediocre, pero que en la pagina 43 o 65, no recuerdo bien, hay un párrafo que me recordó a ella. Y darle el libro esperanzado en que lo lea, castigo digno de Torquemada, para dilucidar si estoy siendo amable u ofensivo.

 * Otra posibilidad es preguntarle qué encontró en este libro para aconsejar su lectura, libro de tan pobre contenido que si las bibliotecas ardieran en llamas, y solo éste sobreviviera, nadie dudaría en quemarlo también. Que no puedo creer que semejante engendro pueda ser leído enteramente por nadie. Pero que menos puedo creer que alguien regale un libro que no haya leído. Pues si alguien recomienda lo que desconoce, opina sobre lo que no sabe. Y de quien carece de elegancia social, de quien no sabe ni siquiera que no se sabe, solo pueden esperarse sorpresas ingratas.

 * Mi predilecta es menos larga y vehemente. Decirle que al ver el título, “El Éxito de los Perezosos”, entendí de que iba. Y lo vendí para sacarle algún provecho.

 Se aceptan sugerencias.

************


Séptimo Dan vs Rolling Stone

Junio 12, 2009

Por un lado, mi esposa tiene muchos parientes.  Por otro lado, desde antes de Gauss sabemos que a mayor cantidad mayor posibilidad de desviación estándar. Es decir, mayor probabilidad de hallar variedad.
Por ende, a más repeticiones de un hecho, mayor variedad de versiones.  De este modo, si tres amigos viven cada uno una experiencia, tras contárselas mutuamente cada uno conocerá tres hechos, pero habrá nueve versiones en total. De esto podría divagar más. Pero lo que ahora cuenta es el título.

Fuimos a un casamiento. Nos tocó sentarnos a una mesa con algunos primos crecidos. Era una de esas mesas redondas de tanto diámetro que no puede hablarse con el de enfrente si no es a los gritos, lo que luego la música impidió.
Sentado a uno de mis lados había un primo de unos quince años. El primo me preguntó si yo sabía quién era uno de los invitados a nuestra mesa. Yo no lo sabía; el primo sonrió: era una pregunta retórica.
Me dijo que ese joven era novio de la prima J. y segundo dan en taekwondo. Y tras decir esto calló manteniendo los ojos bien abiertos.

Supuse que la novedad no era el primer amor de esa prima sino algo relacionado con ese arte coreano. Pero no entendía para qué abrir así los ojos porque el padre de este primo de ojos abiertos practica taekwondo hace muchos años.
- Entonces, ¿no sabés lo que pasó? -me preguntó.
Era otra pregunta retórica, pues pasó a narrar los hechos. Que no tenían nada que ver con la prima J. ni su novio.

La versión del hijo menor
- Iban mi papá y mi hermano (mayor) en el auto. Tuvieron un cruce con otro auto. El tipo se bajó y empezó a insultar. Mi papá se bajó del auto y fue hasta el tipo. El tipo le tiró una trompada así, como hacen los que no saben (abierta). Pero mi papá la esquivó y le pegó así (un uppercut). Después lo agarró de los pelos y le bajo la cabeza para darle un rodillazo, pero mi hermano lo frenó.
- Suerte que estaba tu hermano -opiné.
- El tipo quedó todo ensangrentado y se fue sin decir ni pío.
Notaba el regocijo del primo. A su edad, los compañeros de colegio pueden ser crueles; un triunfo sobre la maldad, realizado con fuerza y determinación, es más laudable que descubrir una nueva bacteria.

Pasó el rato y llegó el momento de las despedidas. Al saludar al tío le dije que me había enterado por uno de sus hijos de su riña callejera. Y que debía ser más prudente porque la ley penaliza a quien pelea sabiendo artes marciales.
- La culpa fue de mi esposa -me dijo.
Doble sorpresa, pues ni sabía que estaba ni podía imaginar cómo podía ser culpable. ¿Por qué la culpa era de la esposa?

La versión del padre
- Justamente por eso de que la ley considera que el taekwondo es un arma, mi esposa no me dejaba bajar del auto. Entonces, el tipo más me hinchaba las pelotas: “¡Decí que te cuida tu esposa, maricón!”. Entonces logré zafarme de ella. Estaba recaliente. Sino ni me hubiera peleado. Fue culpa de ella.
- (Cambiando de tema)…Me enteré que el novio de J. hace taekwondo como vos -le dije.
- No. Nada que ver. Yo soy séptimo dan.
- … (Silencio)
- Para pasar de segundo a tercer dan tienen que pasar varios años de práctica. Yo hace veintiséis años que hago taekwondo.

Exageré mi asombro por su dedicación anual y nos separamos. Siguieron los saludos de rigor. Cuando saludé al hijo mayor del séptimo dan elogié que detuviera la pelea frenando a su padre.
- Yo no lo frené -me dijo el hijo mayor.
Entonces, ¿que había pasado?

La versión del hijo mayor
- Cuando m viejo se baja, esquiva el golpe y le da una trompada en el mentón. Lo agarra de los pelos para darle un rodillazo en la cara. Pero pierde el equilibrio, se resbala con una piedrita y le da un desgarro en la pierna. Entonces, yo agarré al tipo desde atrás, aprovechando que estaba aturdido, y le dije “Basta. Dejate de joder que somos dos.” El tipo se tranquilizó y nos fuimos.

Sentí el efecto de la adrenalina que dan los relatos de peleas de conocidos. También el efecto de otra hormona, no sé si dopamina, que me llevó a rechazar la violencia. Y alguna otra hormona que me hacía sentir algo del orgullo que sentimos por el coraje de los conocidos. Mezclado con algo de vergüenza porque tal vez ellos iniciaron la pelea.
Porque me di cuenta que nunca me enteré por qué había empezado la disputa. Tal vez la maniobra vehicular imprudente la cometió el tío de mi esposa, lo que le resta algo de justicia a la pelea, ya que esta habría obedecido a la afrenta verbal y no a una doble afrenta. Lo que se omite puede ser tan importante como lo que se dice.

También me pareció notable un hecho. Por un lado, lo obvio, que reconstruir un hecho fielmente es bastante difícil, aun contando con testimonios directos.
Menos evidente es que yo tendía a creer como más verosímil la última versión, la del desgarro. Simplemente por esa reacción inconsciente a creer verdadera la versión que deja menos bien parado a los protagonistas, cuando surge de su boca.

Queda la magnífica ironía. Veintiséis años practicando defensa personal para que, cuando llega el momento, una piedrita rodante da al traste con la pelea justiciera.
Moraleja: el azar lleva las cosas un poco a los tumbos.
O también: “A partir de cierta edad, para pelear no basta con calentarse. Antes hay que precalentar.”

*************


Recuerdo Psicótico de una Ceremonia

Junio 9, 2009

Fuimos a un cumpleaños de un amigo de cuarenta años. La celebración fue en la casa del cumpleañero, dentro de uno de esos barrios amurallados bautizados “country”.

Disfrutar la visita era muy probable; acudir era inevitable. Semanas atrás habíamos faltado al cumpleaños de la esposa, cuando yo me había esguinzado y sufría desplazarme con muletas.  Para este momento, yo solo tenía una bota que el traumatólogo me había prescripto que no usara más.

Pero las manifestaciones de la intuición son inescrutables. Y juzgué preferible calzar la bota hasta este día como testimonio visible de mi discapacidad pasada. Al fin y al cabo, las personas dudan menos de lo que ven de lo que se les dice.

Nos perdimos en las rutas de los suburbios. Argüí que esa era señal de que deberíamos volver a nuestra casa. Pero mi esposa  siempre insiste en hacer lo correcto, y con indicaciones telefónicas llegamos al country. Y a la casa, a la que reconocimos por los autos estacionados en su explanada, número que indicaba más invitados presentes que perdidos.

En la puerta de entrada no había timbre, pero encontré una campana. La sacudí, pero el volumen de la música del jardín trasero no dejaba que desde allí nos escucharan. Mi esposa saludaba por la puerta vidriada por si alguien miraba hacia nosotros. En algún momento creo que dijo “¿Era una fiesta de disfraces?”. Pero yo, sordo y acaso fastidiado por la sordera ajena, insistí en repicar la campana y ésta se desprendió con su portacampana de la pared a la que estaba amurada.

Mientras mi esposa llamaba por su teléfono a los de la casa sin que la atendieran, yo apoyaba el aparejo en el piso buscándole una posición que diera a entender que había muerto por causas naturales, cuando me distrajo la visión de lo que entonces creí era un enano de jardín. Pero era un niño, de dos o tres años, parado a nuestro lado. Le pedimos que nos guiara y el gnomo nos hizo señas de que lo siguiéramos. Seguimos al liliputense, debiendo adelgazarnos para pasar entre autos y plantas, hasta que llegamos al jardín trasero. Fue entonces cuando vimos algo extrañísimo, maravilloso inclusive para quien ha viajado mucho y ha conocido costumbres remotas.

Antropológicamente hablando, en la tribu sucedía lo siguiente. Para homenajear la larga vida del amo de la familia, los hombres de la tribu vestían como mujeres. Unos “tops” tapaban sus tórax y dejaban al desnudo los prominentes abdómenes, reveladores de ser hombres que no vivían escasez. Unas ajustadas calzas sinceraban si había otra abundancia. Coloridas pelucas exuberantes, labios enrojecidos, pómulos, pestañas y párpados pintados también buscaban crear la ilusión o parodiarla. Esta dificultad para discernir el propósito de tantos para prestarse a tanta incomodidad podía leerse en las expresiones de todos estos adultos.

Otros cuatro hombres más mayores vestían de árabes, pero no supimos si era por reverencia a su edad o por escasez de pelucas. En cambio, el cumpleañero se distinguía por un mameluco gris con  capucha y antifaz. Aturdidos por no encontrar la conexión, tardamos en verlo como Batman.

Daba poco gusto ver las caras semisonrientes de las mujeres sentadas como espectadoras de sus hombres, vestidas ellas como mujeres de buena fama a diferencia de ellos. Pero no daba gusto ver el rígido desconcierto de las hijas e hijos, que no quitaban la vista de sus padres, muchos de los cuales supusimos que prohíben a sus hijos varones usar los vestidos de sus hermanitas.

Había también dos biombos dibujados que exageraban un gordo y una gorda con ropa de playa. Donde debían estar los rostros había un hueco para asomar la cabeza y ser fotografiado. ¿Se habrían las parejas tomado orgullosas fotografías para los portarretratos de sus salas?

Quien había dado ánimos para representar la parodia era una mujer esférica. Ella era la bruja que había hechizado a los miembros viriles de la tribu de las calzas, sumiéndolos en la impotencia. Un micrófono conectado a un amplificador con excesivo volumen hacía pensar que la bruja había precisado tensión eléctrica para enfrentar otras tensiones.

Al verme llegar, algún traidor le habrá dicho mi nombre a la bruja. Ella pidió un aplauso, como hacen los jefes de claqué, y los zombis obedecieron. Entonces, la bruja Circe me invitó a sumarme al circo, es decir, a cambiar mi apariencia.

Pero como Odiseo, fecundo en ardides, yo calzaba la bota ortopédica. Levanté mi pie y dejé que miraran la bota, pero sin mirar yo a los ojos de la hechicera por temor a ser convertido en mujer atlética. Concentrado en renguear del pie correcto, exagerando por las dudas lo que me eximía de trasvestirme, rechacé las sillas que me ofrecían las espectadoras enviudadas. Porque las sillas habían sido dispuestas para mirar hacia la bruja y sus bisexuales y yo juzgué más conveniente una reposera solitaria, apropiada para subrayar mi convalecencia y alejada de las novedosas circunstancias.

La esposa del hombre murciélago aceptó mi mal estado y me trajo algunas delicias del almuerzo reciente. Como anfitriona me pareció preocupada porque funcionara bien lo que aun controlaba. Mi esposa optó por llevar a nuestros hijos lejos del lugar, a donde algunos niños habían sido llevados a jugar al fútbol, para evitarles posibles traumas infantiles y que a lo sumo se esguinzaran.

Tras la breve interrupción de mi llegada, siguió el ritual que acostumbran los bárbaros de estas latitudes y longitudes. Los guerreros fueron obligados, muy a su pesar, a desfilar de la manera más femenina que pudieran, y sus mujeres fueron instadas a premiar con el aplauso más estridente al hombre que menos lo pareciera. Se notaba en las mujeres la vacilación de Hamlet: ¿ser o no ser enfática? No tenían claro si era más honorable que su hombre fuera el más o el menos aplaudido.

Tras proclamar un vencedor, la bruja autorizó que los hombres se retiraran a recuperar la apariencia de su naturaleza. En el ínterin, y “para que no decaiga”, la sacerdotisa pergeñó un ritual más convencional.  A dos mujeres, las hermanas del hombre murciélago, las nombró líderes. Cada una de ellas debía elegir, entre las demás mujeres de la tribu, a las más aptas para una siguiente prueba. Resultaba gracioso ver que ninguna de las líderes conocía a más que una o dos de todas las invitadas, por lo que, al no saber sus nombres no sabían llamarlas.

El juego consistía en reconocer melodías grabadas, resultando vencedora la que se anticipara en decir el nombre de la canción y del cantante, arrojándose sobre una silla. Pero como las melodías escogidas eran cumbias y boleros nacionales la zozobra continuaba. En especial para la esposa de Batman, quien como extranjera poco podía saber de música popular local.

Aprovechando mi lejanía de los parlantes, se me acercaron dos conocidos, a quienes reconocí como un primo y un cuñado de Batman, y que habían vuelto a ser ellos mismos.

Se sentaron junto a mí de tal modo que todos mirábamos hacia el mismo lado: tanto era el poder de la bruja que nadie osaba darle la espalda. Y justo cuando íbamos a poder conversar animadamente, se acercó la animadora esférica y me pidió que anotara los puntos de su inminente trivial musical.

Yo lo tomé como reconvención por no haberme travestido; la conciencia del criminal siempre aguarda el castigo. Pero ladeado por mis conocidos me sentía más valiente. Así que, sin mirarla, levanté la mano con la que escribo y aduje que también se me había esguinzado al caerme cuando se torció mi tobillo izquierdo.

Me puso nervioso mantener levantada mi mano derecha y mi pie izquierdo con su bota, porque no imaginaba una secuencia en la que pudiera caer a siniestra y torcerme la diestra.

Por fortuna, la hechicera no advirtió la paradoja surgida de mi atolondramiento. Excusó mi invalidez y, con su dedo mágico, señaló al cuñado de Batman para que obedeciera sus órdenes. Pero este opuso que había sufrido un ACV (accidente cerebro vascular), lo que era cierto; tan solo hacía unos días que había vuelto a caminar sin demora.

Pero la bruja, incrédula de tanto accidente, afirmó que su propio padre también había tenido un ACV. Y con algo de ironía agregó un “vos te ves bárbaro”. El cuñado, fastidiado porque le exigieran pruebas que no tenía (no tenía una bota), mostró poca imaginación y mucho descaro: repitió lo que sabía era mi mentira y dijo que él también tenía esguinzada la muñeca.

Yo lo miré alarmado de que repitiera mis palabras mágicas. Porque es sabido que, cualquier mentira, cuanto más repetida menos creída, al revés del dicho del ministro nazi, “miente, miente, que algo quedará”, quien por supuesto mentía.

Sin levantar la vista, yo seguí tomándome la muñeca y pensé que no podría haber aplaudido con la muñeca esguinzada. Y aunque no recordaba nada digno de aplauso, temiendo que la bruja esférica nos convirtiera en hermafroditas, mantenía mi atención en mi muñeca como si mirara su radiografía. Podrán llamarme cobarde por haberme asustado; yo pensé que era bastante valiente porque seguí adelante.

Cuando la bruja esférica nos miraba a ambos como pensando qué objetaríamos si nos conminara a actuar de estatuas, que era para lo único que parecíamos servirle, el primo de Batman afirmó con seriedad que él anotaría los puntos. Y aunque lo hizo con más resignación que entusiasmo, la bruja aceptó su palabra y volvió donde las mujeres esperaban sus órdenes.

Con su voluntariado para anotar, el primo recordó que llevaba uno de esos aparatos electrónicos minúsculos que mientras son novedosos se los conoce por la marca que imaginaron sus publicistas. A este le pusieron “ipod” y el primo me hablaba de sus opciones como si él quisiera venderlo o como si yo quisiera comprarlo.

Delante mío el desafío musical no era atractivo. Por un lado, lo mejoraba las chanzas que el cuñado insistía en proferir, resentido tal vez porque no le habían creído lo que era verdad pero no excusa. A su modo, el cuñado ahora sí se divertía con la bruja. Por otro lado, con su charla el primo nada anotó y por supuesto nadie lo notó.  

Cuando se le terminaron las grabaciones de inicios musicales, la bruja puso fin a su musicus interruptus y premió con regalos a las participantes. Una de ellas fue obsequiada con un rollo de papel higiénico que, según criticó otra, encima era de mala marca.

Al término de los aplausos zombis, el cumpleañero, ya sin disfraz, tomó el micrófono y habló a conciencia y con calidez, dando las gracias a los invitados por lo que para él significaba nuestra presencia. Obligado a referirse a los rituales, aclaró que la fiesta era para él toda una sorpresa, lo que era una ingeniosa declaración de culpa e inocencia.

Tras estas sensatas palabras, él y su esposa leyeron las promesas que habían leído el día de su boda, unos meses atrás. La recreación tenía de pertinente que casi ninguno de los invitados había tenido oportunidad de escucharlas cuando ellos se casaron en otro país, en donde entonces vivían.  Y aunque siempre es raro ver a dos personas intentar poner en palabras públicas sus sentimientos más íntimos, sentimientos que no se expresan con palabras altisonantes en la intimidad, todo parecía normal después de las animaciones de la bruja.

Tras esto, la bruja animadora embaló sus equipos musicales y se fue con la música a otra parte. Y muchos aprovecharon esa mudanza para también mandarse a mudar. Pero algunos se quedaron para poder finalmente conversar. Sin embargo, la cadena de eventos programados por falta de fe en el diálogo no había terminado.  Ahora era el turno de ir a la sala a ver un video musical de fotos del cumpleañero con sus afectos.

Mirar un álbum de fotos puede ser aburrido; la prueba está en que nadie lo hace todos los días.  Además, la contemplación de estas reproducciones produce nostalgia, emoción contraindicada para una fiesta. Por lo que su popularización obedece a que alguien puede hacerlo y no a que convenga hacerlo. Como sucede con otras prácticas que las mantiene válidas la repetición que llamamos costumbre, pero que carecen de agrado o utilidad. También es desaconsejable esta práctica de televisar fotografías porque los invitados pueden llegar a sentir que asistieron a la fiesta equivocada, más aun si no pueden hallarse en ninguna de las fotos selectas.  Todos tienen un espejo en su casa, pero pocos mantienen a la vista fotografías de otros.

Preferí disfrutar la paz del ocaso en el jardín. Pero alguien vino a insistirme con el espectáculo. Le mostré mi mano con el cigarrillo humeante: yo sabía que no quieren que se fume en el interior de esa casa.

Por si acaso, y sacando provecho de la distancia que me separaba de quien así me urgía, hice gestos de que ya lo apagaba y ya iba, aleteando los brazos y haciendo caras. Quien me urgía se resignó a que yo no veía urgencia. Y por supuesto debió volver al espectáculo, pues era absurdo que se quedara afuera insistiendo que lo importante estaba adentro.

Entonces mi esposa vino a buscarme. Y mezclando ruegos con sugerencias me arrastró por la fuerza. Llegué a ver el final y aplaudí como la hechicera hubiera enseñado. Tras esto, todos se marcharon como estudiantes cuando suena el timbre del recreo. Con la excepción de nosotros y quienes allí viven: el cumpleañero, su esposa, sus hijos, su suegra y la madre de su suegra o, como dijo uno, suegra al cuadrado.

Mi esposa y yo decidimos quedarnos un rato más, no por ser los últimos en haber llegado, sino más bien para poder por fin conversar con nuestros amigos. Sentados bajo las estrellas del jardín todo parecía en armonía. Pero lo que iba a ser diálogo, o al menos charla, resultó monólogo. Y monótono por la minuciosidad puesta en contar hechos circunstanciales desprovistos de toda importancia.

La cordialidad de la conversación, que es como un árbol que crece e invita a irse por sus ramas, se convirtió en una meticulosa contabilidad de las astillas de un pedazo de corteza. Se truncó la conversación y la velada, final triste como un tocón donde había un árbol.

Para explicar este final abrupto debo acudir a testigos, pues parece que los hechos no fueron como yo los recuerdo. Porque pasado el tiempo, al rememorar con mi esposa el último suceso, yo recordé que di a entender al cumpleañero monologuista que abreviara el asunto. Pero mi esposa corrigió mi autoindulgencia y recordó que no había sido así. En cambio, ella recuerda que yo me levanté y tomándome la cabeza exclamé “¡Basta! ¡Basta! ¡Me aburrís! ¡Me aburrís!”. 

Sin embargo, algo me conozco. Yo no me repito. Lo habré dicho una sola vez.

Así concluye esta incorrecta percepción de la realidad. Y para que no queden dudas, el psicótico soy yo.

 ***********