Fuimos a un cumpleaños de un amigo de cuarenta años. La celebración fue en la casa del cumpleañero, dentro de uno de esos barrios amurallados bautizados “country”.
Disfrutar la visita era muy probable; acudir era inevitable. Semanas atrás habíamos faltado al cumpleaños de la esposa, cuando yo me había esguinzado y sufría desplazarme con muletas. Para este momento, yo solo tenía una bota que el traumatólogo me había prescripto que no usara más.
Pero las manifestaciones de la intuición son inescrutables. Y juzgué preferible calzar la bota hasta este día como testimonio visible de mi discapacidad pasada. Al fin y al cabo, las personas dudan menos de lo que ven de lo que se les dice.
Nos perdimos en las rutas de los suburbios. Argüí que esa era señal de que deberíamos volver a nuestra casa. Pero mi esposa siempre insiste en hacer lo correcto, y con indicaciones telefónicas llegamos al country. Y a la casa, a la que reconocimos por los autos estacionados en su explanada, número que indicaba más invitados presentes que perdidos.
En la puerta de entrada no había timbre, pero encontré una campana. La sacudí, pero el volumen de la música del jardín trasero no dejaba que desde allí nos escucharan. Mi esposa saludaba por la puerta vidriada por si alguien miraba hacia nosotros. En algún momento creo que dijo “¿Era una fiesta de disfraces?”. Pero yo, sordo y acaso fastidiado por la sordera ajena, insistí en repicar la campana y ésta se desprendió con su portacampana de la pared a la que estaba amurada.
Mientras mi esposa llamaba por su teléfono a los de la casa sin que la atendieran, yo apoyaba el aparejo en el piso buscándole una posición que diera a entender que había muerto por causas naturales, cuando me distrajo la visión de lo que entonces creí era un enano de jardín. Pero era un niño, de dos o tres años, parado a nuestro lado. Le pedimos que nos guiara y el gnomo nos hizo señas de que lo siguiéramos. Seguimos al liliputense, debiendo adelgazarnos para pasar entre autos y plantas, hasta que llegamos al jardín trasero. Fue entonces cuando vimos algo extrañísimo, maravilloso inclusive para quien ha viajado mucho y ha conocido costumbres remotas.
Antropológicamente hablando, en la tribu sucedía lo siguiente. Para homenajear la larga vida del amo de la familia, los hombres de la tribu vestían como mujeres. Unos “tops” tapaban sus tórax y dejaban al desnudo los prominentes abdómenes, reveladores de ser hombres que no vivían escasez. Unas ajustadas calzas sinceraban si había otra abundancia. Coloridas pelucas exuberantes, labios enrojecidos, pómulos, pestañas y párpados pintados también buscaban crear la ilusión o parodiarla. Esta dificultad para discernir el propósito de tantos para prestarse a tanta incomodidad podía leerse en las expresiones de todos estos adultos.
Otros cuatro hombres más mayores vestían de árabes, pero no supimos si era por reverencia a su edad o por escasez de pelucas. En cambio, el cumpleañero se distinguía por un mameluco gris con capucha y antifaz. Aturdidos por no encontrar la conexión, tardamos en verlo como Batman.
Daba poco gusto ver las caras semisonrientes de las mujeres sentadas como espectadoras de sus hombres, vestidas ellas como mujeres de buena fama a diferencia de ellos. Pero no daba gusto ver el rígido desconcierto de las hijas e hijos, que no quitaban la vista de sus padres, muchos de los cuales supusimos que prohíben a sus hijos varones usar los vestidos de sus hermanitas.
Había también dos biombos dibujados que exageraban un gordo y una gorda con ropa de playa. Donde debían estar los rostros había un hueco para asomar la cabeza y ser fotografiado. ¿Se habrían las parejas tomado orgullosas fotografías para los portarretratos de sus salas?
Quien había dado ánimos para representar la parodia era una mujer esférica. Ella era la bruja que había hechizado a los miembros viriles de la tribu de las calzas, sumiéndolos en la impotencia. Un micrófono conectado a un amplificador con excesivo volumen hacía pensar que la bruja había precisado tensión eléctrica para enfrentar otras tensiones.
Al verme llegar, algún traidor le habrá dicho mi nombre a la bruja. Ella pidió un aplauso, como hacen los jefes de claqué, y los zombis obedecieron. Entonces, la bruja Circe me invitó a sumarme al circo, es decir, a cambiar mi apariencia.
Pero como Odiseo, fecundo en ardides, yo calzaba la bota ortopédica. Levanté mi pie y dejé que miraran la bota, pero sin mirar yo a los ojos de la hechicera por temor a ser convertido en mujer atlética. Concentrado en renguear del pie correcto, exagerando por las dudas lo que me eximía de trasvestirme, rechacé las sillas que me ofrecían las espectadoras enviudadas. Porque las sillas habían sido dispuestas para mirar hacia la bruja y sus bisexuales y yo juzgué más conveniente una reposera solitaria, apropiada para subrayar mi convalecencia y alejada de las novedosas circunstancias.
La esposa del hombre murciélago aceptó mi mal estado y me trajo algunas delicias del almuerzo reciente. Como anfitriona me pareció preocupada porque funcionara bien lo que aun controlaba. Mi esposa optó por llevar a nuestros hijos lejos del lugar, a donde algunos niños habían sido llevados a jugar al fútbol, para evitarles posibles traumas infantiles y que a lo sumo se esguinzaran.
Tras la breve interrupción de mi llegada, siguió el ritual que acostumbran los bárbaros de estas latitudes y longitudes. Los guerreros fueron obligados, muy a su pesar, a desfilar de la manera más femenina que pudieran, y sus mujeres fueron instadas a premiar con el aplauso más estridente al hombre que menos lo pareciera. Se notaba en las mujeres la vacilación de Hamlet: ¿ser o no ser enfática? No tenían claro si era más honorable que su hombre fuera el más o el menos aplaudido.
Tras proclamar un vencedor, la bruja autorizó que los hombres se retiraran a recuperar la apariencia de su naturaleza. En el ínterin, y “para que no decaiga”, la sacerdotisa pergeñó un ritual más convencional. A dos mujeres, las hermanas del hombre murciélago, las nombró líderes. Cada una de ellas debía elegir, entre las demás mujeres de la tribu, a las más aptas para una siguiente prueba. Resultaba gracioso ver que ninguna de las líderes conocía a más que una o dos de todas las invitadas, por lo que, al no saber sus nombres no sabían llamarlas.
El juego consistía en reconocer melodías grabadas, resultando vencedora la que se anticipara en decir el nombre de la canción y del cantante, arrojándose sobre una silla. Pero como las melodías escogidas eran cumbias y boleros nacionales la zozobra continuaba. En especial para la esposa de Batman, quien como extranjera poco podía saber de música popular local.
Aprovechando mi lejanía de los parlantes, se me acercaron dos conocidos, a quienes reconocí como un primo y un cuñado de Batman, y que habían vuelto a ser ellos mismos.
Se sentaron junto a mí de tal modo que todos mirábamos hacia el mismo lado: tanto era el poder de la bruja que nadie osaba darle la espalda. Y justo cuando íbamos a poder conversar animadamente, se acercó la animadora esférica y me pidió que anotara los puntos de su inminente trivial musical.
Yo lo tomé como reconvención por no haberme travestido; la conciencia del criminal siempre aguarda el castigo. Pero ladeado por mis conocidos me sentía más valiente. Así que, sin mirarla, levanté la mano con la que escribo y aduje que también se me había esguinzado al caerme cuando se torció mi tobillo izquierdo.
Me puso nervioso mantener levantada mi mano derecha y mi pie izquierdo con su bota, porque no imaginaba una secuencia en la que pudiera caer a siniestra y torcerme la diestra.
Por fortuna, la hechicera no advirtió la paradoja surgida de mi atolondramiento. Excusó mi invalidez y, con su dedo mágico, señaló al cuñado de Batman para que obedeciera sus órdenes. Pero este opuso que había sufrido un ACV (accidente cerebro vascular), lo que era cierto; tan solo hacía unos días que había vuelto a caminar sin demora.
Pero la bruja, incrédula de tanto accidente, afirmó que su propio padre también había tenido un ACV. Y con algo de ironía agregó un “vos te ves bárbaro”. El cuñado, fastidiado porque le exigieran pruebas que no tenía (no tenía una bota), mostró poca imaginación y mucho descaro: repitió lo que sabía era mi mentira y dijo que él también tenía esguinzada la muñeca.
Yo lo miré alarmado de que repitiera mis palabras mágicas. Porque es sabido que, cualquier mentira, cuanto más repetida menos creída, al revés del dicho del ministro nazi, “miente, miente, que algo quedará”, quien por supuesto mentía.
Sin levantar la vista, yo seguí tomándome la muñeca y pensé que no podría haber aplaudido con la muñeca esguinzada. Y aunque no recordaba nada digno de aplauso, temiendo que la bruja esférica nos convirtiera en hermafroditas, mantenía mi atención en mi muñeca como si mirara su radiografía. Podrán llamarme cobarde por haberme asustado; yo pensé que era bastante valiente porque seguí adelante.
Cuando la bruja esférica nos miraba a ambos como pensando qué objetaríamos si nos conminara a actuar de estatuas, que era para lo único que parecíamos servirle, el primo de Batman afirmó con seriedad que él anotaría los puntos. Y aunque lo hizo con más resignación que entusiasmo, la bruja aceptó su palabra y volvió donde las mujeres esperaban sus órdenes.
Con su voluntariado para anotar, el primo recordó que llevaba uno de esos aparatos electrónicos minúsculos que mientras son novedosos se los conoce por la marca que imaginaron sus publicistas. A este le pusieron “ipod” y el primo me hablaba de sus opciones como si él quisiera venderlo o como si yo quisiera comprarlo.
Delante mío el desafío musical no era atractivo. Por un lado, lo mejoraba las chanzas que el cuñado insistía en proferir, resentido tal vez porque no le habían creído lo que era verdad pero no excusa. A su modo, el cuñado ahora sí se divertía con la bruja. Por otro lado, con su charla el primo nada anotó y por supuesto nadie lo notó.
Cuando se le terminaron las grabaciones de inicios musicales, la bruja puso fin a su musicus interruptus y premió con regalos a las participantes. Una de ellas fue obsequiada con un rollo de papel higiénico que, según criticó otra, encima era de mala marca.
Al término de los aplausos zombis, el cumpleañero, ya sin disfraz, tomó el micrófono y habló a conciencia y con calidez, dando las gracias a los invitados por lo que para él significaba nuestra presencia. Obligado a referirse a los rituales, aclaró que la fiesta era para él toda una sorpresa, lo que era una ingeniosa declaración de culpa e inocencia.
Tras estas sensatas palabras, él y su esposa leyeron las promesas que habían leído el día de su boda, unos meses atrás. La recreación tenía de pertinente que casi ninguno de los invitados había tenido oportunidad de escucharlas cuando ellos se casaron en otro país, en donde entonces vivían. Y aunque siempre es raro ver a dos personas intentar poner en palabras públicas sus sentimientos más íntimos, sentimientos que no se expresan con palabras altisonantes en la intimidad, todo parecía normal después de las animaciones de la bruja.
Tras esto, la bruja animadora embaló sus equipos musicales y se fue con la música a otra parte. Y muchos aprovecharon esa mudanza para también mandarse a mudar. Pero algunos se quedaron para poder finalmente conversar. Sin embargo, la cadena de eventos programados por falta de fe en el diálogo no había terminado. Ahora era el turno de ir a la sala a ver un video musical de fotos del cumpleañero con sus afectos.
Mirar un álbum de fotos puede ser aburrido; la prueba está en que nadie lo hace todos los días. Además, la contemplación de estas reproducciones produce nostalgia, emoción contraindicada para una fiesta. Por lo que su popularización obedece a que alguien puede hacerlo y no a que convenga hacerlo. Como sucede con otras prácticas que las mantiene válidas la repetición que llamamos costumbre, pero que carecen de agrado o utilidad. También es desaconsejable esta práctica de televisar fotografías porque los invitados pueden llegar a sentir que asistieron a la fiesta equivocada, más aun si no pueden hallarse en ninguna de las fotos selectas. Todos tienen un espejo en su casa, pero pocos mantienen a la vista fotografías de otros.
Preferí disfrutar la paz del ocaso en el jardín. Pero alguien vino a insistirme con el espectáculo. Le mostré mi mano con el cigarrillo humeante: yo sabía que no quieren que se fume en el interior de esa casa.
Por si acaso, y sacando provecho de la distancia que me separaba de quien así me urgía, hice gestos de que ya lo apagaba y ya iba, aleteando los brazos y haciendo caras. Quien me urgía se resignó a que yo no veía urgencia. Y por supuesto debió volver al espectáculo, pues era absurdo que se quedara afuera insistiendo que lo importante estaba adentro.
Entonces mi esposa vino a buscarme. Y mezclando ruegos con sugerencias me arrastró por la fuerza. Llegué a ver el final y aplaudí como la hechicera hubiera enseñado. Tras esto, todos se marcharon como estudiantes cuando suena el timbre del recreo. Con la excepción de nosotros y quienes allí viven: el cumpleañero, su esposa, sus hijos, su suegra y la madre de su suegra o, como dijo uno, suegra al cuadrado.
Mi esposa y yo decidimos quedarnos un rato más, no por ser los últimos en haber llegado, sino más bien para poder por fin conversar con nuestros amigos. Sentados bajo las estrellas del jardín todo parecía en armonía. Pero lo que iba a ser diálogo, o al menos charla, resultó monólogo. Y monótono por la minuciosidad puesta en contar hechos circunstanciales desprovistos de toda importancia.
La cordialidad de la conversación, que es como un árbol que crece e invita a irse por sus ramas, se convirtió en una meticulosa contabilidad de las astillas de un pedazo de corteza. Se truncó la conversación y la velada, final triste como un tocón donde había un árbol.
Para explicar este final abrupto debo acudir a testigos, pues parece que los hechos no fueron como yo los recuerdo. Porque pasado el tiempo, al rememorar con mi esposa el último suceso, yo recordé que di a entender al cumpleañero monologuista que abreviara el asunto. Pero mi esposa corrigió mi autoindulgencia y recordó que no había sido así. En cambio, ella recuerda que yo me levanté y tomándome la cabeza exclamé “¡Basta! ¡Basta! ¡Me aburrís! ¡Me aburrís!”.
Sin embargo, algo me conozco. Yo no me repito. Lo habré dicho una sola vez.
Así concluye esta incorrecta percepción de la realidad. Y para que no queden dudas, el psicótico soy yo.
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