Caballos Desdentados de Regalo

Junio 16, 2009

Tengo dos suegras. Una es la madre de mi esposa, la otra la pareja del padre de mi esposa, a la que llamaré suegra política.  Pero despejad el vulgar prejuicio que podría sugerir este hecho: cada una tiene sus rasgos individuales, virtudes e intereses diferentes. Ambas viven en otra ciudad, ambas se han hospedado con nosotros.

En razón de esto, creíamos, mi suegra política nos envío dos regalos hace unos días. Uno era para mi esposa, otro para mí. Los había enviado con mi suegro aprovechando que viajaba a nuestra ciudad.

Al abrir su regalo, mi esposa no entendió bien lo que era. Parecían unos minúsculos platitos de loza con forma y tamaño de almeja bebé. Ante el desconcierto de mi esposa, su padre, mi suegro veloz en las decisiones, llamó por teléfono a su pareja para que se explicara.

 - ¿Qué son esas cositas de loza? -preguntó mi suegro, con esa indiferente amabilidad de quien pregunta a un comensal si quiere que le pase más pan.

Y de inmediato mi suegro le pasó su teléfono a mi esposa, para no aburrirse con explicaciones hogareñas. Mi esposa escuchó el final.

 - …Como ella siempre sirve porciones tan chiquitas de helado…

Mi esposa devolvió el teléfono sin devolver palabra. De tal modo que mi suegra política no pudo saber quien había escuchado su explicación.

Abrí mi regalo, que era un libro. Su título era “El Éxito de los Perezosos”. No lo tomé como un insulto, como quiso tomarlo mi esposa, resentida por la ironía a su tacañería alimenticia que yo aun ignoraba. Pero al abrirlo y hojearlo confirmé mi prejuicio literario.

Conozco muchos libros que son un robo aunque los regalen y este era el producto de un criminal consumado. El postulado del libro estaba en el título, la explicación en ningún lado. De eso puedo dar fe aunque solo lo hojeé.

Porque, con descarada astucia, el autor supuso que quien comprara su libro sería perezoso hasta en la lectura.  Con esto en mente, el autor combinaba farragosas reiteraciones de manual de autoayuda en las páginas impares con citas e “ideas propias” en las páginas pares, impresas en letras grandes para llenarlas. Lo de “ideas propias” es una hipérbole por “opinión infundada que por su gramática finge ser sentencia”.

Tras quedar perplejo por el dispendio, me entretuvo pensar posibles respuestas a mi suegra política, cuando la vea.

 * Una sería decirle que me pareció un libro maravilloso; que dejé de trabajar; que ahora espero el éxito que el libro promete. Que mi esposa quiere hablar con ella, lo mismo que mi psiquiatra.

 * Otra sería decirle que me pareció un libro mediocre, pero que en la pagina 43 o 65, no recuerdo bien, hay un párrafo que me recordó a ella. Y darle el libro esperanzado en que lo lea, castigo digno de Torquemada, para dilucidar si estoy siendo amable u ofensivo.

 * Otra posibilidad es preguntarle qué encontró en este libro para aconsejar su lectura, libro de tan pobre contenido que si las bibliotecas ardieran en llamas, y solo éste sobreviviera, nadie dudaría en quemarlo también. Que no puedo creer que semejante engendro pueda ser leído enteramente por nadie. Pero que menos puedo creer que alguien regale un libro que no haya leído. Pues si alguien recomienda lo que desconoce, opina sobre lo que no sabe. Y de quien carece de elegancia social, de quien no sabe ni siquiera que no se sabe, solo pueden esperarse sorpresas ingratas.

 * Mi predilecta es menos larga y vehemente. Decirle que al ver el título, “El Éxito de los Perezosos”, entendí de que iba. Y lo vendí para sacarle algún provecho.

 Se aceptan sugerencias.

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Séptimo Dan vs Rolling Stone

Junio 12, 2009

Por un lado, mi esposa tiene muchos parientes.  Por otro lado, desde antes de Gauss sabemos que a mayor cantidad mayor posibilidad de desviación estándar. Es decir, mayor probabilidad de hallar variedad.
Por ende, a más repeticiones de un hecho, mayor variedad de versiones.  De este modo, si tres amigos viven cada uno una experiencia, tras contárselas mutuamente cada uno conocerá tres hechos, pero habrá nueve versiones en total. De esto podría divagar más. Pero lo que ahora cuenta es el título.

Fuimos a un casamiento. Nos tocó sentarnos a una mesa con algunos primos crecidos. Era una de esas mesas redondas de tanto diámetro que no puede hablarse con el de enfrente si no es a los gritos, lo que luego la música impidió.
Sentado a uno de mis lados había un primo de unos quince años. El primo me preguntó si yo sabía quién era uno de los invitados a nuestra mesa. Yo no lo sabía; el primo sonrió: era una pregunta retórica.
Me dijo que ese joven era novio de la prima J. y segundo dan en taekwondo. Y tras decir esto calló manteniendo los ojos bien abiertos.

Supuse que la novedad no era el primer amor de esa prima sino algo relacionado con ese arte coreano. Pero no entendía para qué abrir así los ojos porque el padre de este primo de ojos abiertos practica taekwondo hace muchos años.
- Entonces, ¿no sabés lo que pasó? -me preguntó.
Era otra pregunta retórica, pues pasó a narrar los hechos. Que no tenían nada que ver con la prima J. ni su novio.

La versión del hijo menor
- Iban mi papá y mi hermano (mayor) en el auto. Tuvieron un cruce con otro auto. El tipo se bajó y empezó a insultar. Mi papá se bajó del auto y fue hasta el tipo. El tipo le tiró una trompada así, como hacen los que no saben (abierta). Pero mi papá la esquivó y le pegó así (un uppercut). Después lo agarró de los pelos y le bajo la cabeza para darle un rodillazo, pero mi hermano lo frenó.
- Suerte que estaba tu hermano -opiné.
- El tipo quedó todo ensangrentado y se fue sin decir ni pío.
Notaba el regocijo del primo. A su edad, los compañeros de colegio pueden ser crueles; un triunfo sobre la maldad, realizado con fuerza y determinación, es más laudable que descubrir una nueva bacteria.

Pasó el rato y llegó el momento de las despedidas. Al saludar al tío le dije que me había enterado por uno de sus hijos de su riña callejera. Y que debía ser más prudente porque la ley penaliza a quien pelea sabiendo artes marciales.
- La culpa fue de mi esposa -me dijo.
Doble sorpresa, pues ni sabía que estaba ni podía imaginar cómo podía ser culpable. ¿Por qué la culpa era de la esposa?

La versión del padre
- Justamente por eso de que la ley considera que el taekwondo es un arma, mi esposa no me dejaba bajar del auto. Entonces, el tipo más me hinchaba las pelotas: “¡Decí que te cuida tu esposa, maricón!”. Entonces logré zafarme de ella. Estaba recaliente. Sino ni me hubiera peleado. Fue culpa de ella.
- (Cambiando de tema)…Me enteré que el novio de J. hace taekwondo como vos -le dije.
- No. Nada que ver. Yo soy séptimo dan.
- … (Silencio)
- Para pasar de segundo a tercer dan tienen que pasar varios años de práctica. Yo hace veintiséis años que hago taekwondo.

Exageré mi asombro por su dedicación anual y nos separamos. Siguieron los saludos de rigor. Cuando saludé al hijo mayor del séptimo dan elogié que detuviera la pelea frenando a su padre.
- Yo no lo frené -me dijo el hijo mayor.
Entonces, ¿que había pasado?

La versión del hijo mayor
- Cuando m viejo se baja, esquiva el golpe y le da una trompada en el mentón. Lo agarra de los pelos para darle un rodillazo en la cara. Pero pierde el equilibrio, se resbala con una piedrita y le da un desgarro en la pierna. Entonces, yo agarré al tipo desde atrás, aprovechando que estaba aturdido, y le dije “Basta. Dejate de joder que somos dos.” El tipo se tranquilizó y nos fuimos.

Sentí el efecto de la adrenalina que dan los relatos de peleas de conocidos. También el efecto de otra hormona, no sé si dopamina, que me llevó a rechazar la violencia. Y alguna otra hormona que me hacía sentir algo del orgullo que sentimos por el coraje de los conocidos. Mezclado con algo de vergüenza porque tal vez ellos iniciaron la pelea.
Porque me di cuenta que nunca me enteré por qué había empezado la disputa. Tal vez la maniobra vehicular imprudente la cometió el tío de mi esposa, lo que le resta algo de justicia a la pelea, ya que esta habría obedecido a la afrenta verbal y no a una doble afrenta. Lo que se omite puede ser tan importante como lo que se dice.

También me pareció notable un hecho. Por un lado, lo obvio, que reconstruir un hecho fielmente es bastante difícil, aun contando con testimonios directos.
Menos evidente es que yo tendía a creer como más verosímil la última versión, la del desgarro. Simplemente por esa reacción inconsciente a creer verdadera la versión que deja menos bien parado a los protagonistas, cuando surge de su boca.

Queda la magnífica ironía. Veintiséis años practicando defensa personal para que, cuando llega el momento, una piedrita rodante da al traste con la pelea justiciera.
Moraleja: el azar lleva las cosas un poco a los tumbos.
O también: “A partir de cierta edad, para pelear no basta con calentarse. Antes hay que precalentar.”

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Recuerdo Psicótico de una Ceremonia

Junio 9, 2009

Fuimos a un cumpleaños de un amigo de cuarenta años. La celebración fue en la casa del cumpleañero, dentro de uno de esos barrios amurallados bautizados “country”.

Disfrutar la visita era muy probable; acudir era inevitable. Semanas atrás habíamos faltado al cumpleaños de la esposa, cuando yo me había esguinzado y sufría desplazarme con muletas.  Para este momento, yo solo tenía una bota que el traumatólogo me había prescripto que no usara más.

Pero las manifestaciones de la intuición son inescrutables. Y juzgué preferible calzar la bota hasta este día como testimonio visible de mi discapacidad pasada. Al fin y al cabo, las personas dudan menos de lo que ven de lo que se les dice.

Nos perdimos en las rutas de los suburbios. Argüí que esa era señal de que deberíamos volver a nuestra casa. Pero mi esposa  siempre insiste en hacer lo correcto, y con indicaciones telefónicas llegamos al country. Y a la casa, a la que reconocimos por los autos estacionados en su explanada, número que indicaba más invitados presentes que perdidos.

En la puerta de entrada no había timbre, pero encontré una campana. La sacudí, pero el volumen de la música del jardín trasero no dejaba que desde allí nos escucharan. Mi esposa saludaba por la puerta vidriada por si alguien miraba hacia nosotros. En algún momento creo que dijo “¿Era una fiesta de disfraces?”. Pero yo, sordo y acaso fastidiado por la sordera ajena, insistí en repicar la campana y ésta se desprendió con su portacampana de la pared a la que estaba amurada.

Mientras mi esposa llamaba por su teléfono a los de la casa sin que la atendieran, yo apoyaba el aparejo en el piso buscándole una posición que diera a entender que había muerto por causas naturales, cuando me distrajo la visión de lo que entonces creí era un enano de jardín. Pero era un niño, de dos o tres años, parado a nuestro lado. Le pedimos que nos guiara y el gnomo nos hizo señas de que lo siguiéramos. Seguimos al liliputense, debiendo adelgazarnos para pasar entre autos y plantas, hasta que llegamos al jardín trasero. Fue entonces cuando vimos algo extrañísimo, maravilloso inclusive para quien ha viajado mucho y ha conocido costumbres remotas.

Antropológicamente hablando, en la tribu sucedía lo siguiente. Para homenajear la larga vida del amo de la familia, los hombres de la tribu vestían como mujeres. Unos “tops” tapaban sus tórax y dejaban al desnudo los prominentes abdómenes, reveladores de ser hombres que no vivían escasez. Unas ajustadas calzas sinceraban si había otra abundancia. Coloridas pelucas exuberantes, labios enrojecidos, pómulos, pestañas y párpados pintados también buscaban crear la ilusión o parodiarla. Esta dificultad para discernir el propósito de tantos para prestarse a tanta incomodidad podía leerse en las expresiones de todos estos adultos.

Otros cuatro hombres más mayores vestían de árabes, pero no supimos si era por reverencia a su edad o por escasez de pelucas. En cambio, el cumpleañero se distinguía por un mameluco gris con  capucha y antifaz. Aturdidos por no encontrar la conexión, tardamos en verlo como Batman.

Daba poco gusto ver las caras semisonrientes de las mujeres sentadas como espectadoras de sus hombres, vestidas ellas como mujeres de buena fama a diferencia de ellos. Pero no daba gusto ver el rígido desconcierto de las hijas e hijos, que no quitaban la vista de sus padres, muchos de los cuales supusimos que prohíben a sus hijos varones usar los vestidos de sus hermanitas.

Había también dos biombos dibujados que exageraban un gordo y una gorda con ropa de playa. Donde debían estar los rostros había un hueco para asomar la cabeza y ser fotografiado. ¿Se habrían las parejas tomado orgullosas fotografías para los portarretratos de sus salas?

Quien había dado ánimos para representar la parodia era una mujer esférica. Ella era la bruja que había hechizado a los miembros viriles de la tribu de las calzas, sumiéndolos en la impotencia. Un micrófono conectado a un amplificador con excesivo volumen hacía pensar que la bruja había precisado tensión eléctrica para enfrentar otras tensiones.

Al verme llegar, algún traidor le habrá dicho mi nombre a la bruja. Ella pidió un aplauso, como hacen los jefes de claqué, y los zombis obedecieron. Entonces, la bruja Circe me invitó a sumarme al circo, es decir, a cambiar mi apariencia.

Pero como Odiseo, fecundo en ardides, yo calzaba la bota ortopédica. Levanté mi pie y dejé que miraran la bota, pero sin mirar yo a los ojos de la hechicera por temor a ser convertido en mujer atlética. Concentrado en renguear del pie correcto, exagerando por las dudas lo que me eximía de trasvestirme, rechacé las sillas que me ofrecían las espectadoras enviudadas. Porque las sillas habían sido dispuestas para mirar hacia la bruja y sus bisexuales y yo juzgué más conveniente una reposera solitaria, apropiada para subrayar mi convalecencia y alejada de las novedosas circunstancias.

La esposa del hombre murciélago aceptó mi mal estado y me trajo algunas delicias del almuerzo reciente. Como anfitriona me pareció preocupada porque funcionara bien lo que aun controlaba. Mi esposa optó por llevar a nuestros hijos lejos del lugar, a donde algunos niños habían sido llevados a jugar al fútbol, para evitarles posibles traumas infantiles y que a lo sumo se esguinzaran.

Tras la breve interrupción de mi llegada, siguió el ritual que acostumbran los bárbaros de estas latitudes y longitudes. Los guerreros fueron obligados, muy a su pesar, a desfilar de la manera más femenina que pudieran, y sus mujeres fueron instadas a premiar con el aplauso más estridente al hombre que menos lo pareciera. Se notaba en las mujeres la vacilación de Hamlet: ¿ser o no ser enfática? No tenían claro si era más honorable que su hombre fuera el más o el menos aplaudido.

Tras proclamar un vencedor, la bruja autorizó que los hombres se retiraran a recuperar la apariencia de su naturaleza. En el ínterin, y “para que no decaiga”, la sacerdotisa pergeñó un ritual más convencional.  A dos mujeres, las hermanas del hombre murciélago, las nombró líderes. Cada una de ellas debía elegir, entre las demás mujeres de la tribu, a las más aptas para una siguiente prueba. Resultaba gracioso ver que ninguna de las líderes conocía a más que una o dos de todas las invitadas, por lo que, al no saber sus nombres no sabían llamarlas.

El juego consistía en reconocer melodías grabadas, resultando vencedora la que se anticipara en decir el nombre de la canción y del cantante, arrojándose sobre una silla. Pero como las melodías escogidas eran cumbias y boleros nacionales la zozobra continuaba. En especial para la esposa de Batman, quien como extranjera poco podía saber de música popular local.

Aprovechando mi lejanía de los parlantes, se me acercaron dos conocidos, a quienes reconocí como un primo y un cuñado de Batman, y que habían vuelto a ser ellos mismos.

Se sentaron junto a mí de tal modo que todos mirábamos hacia el mismo lado: tanto era el poder de la bruja que nadie osaba darle la espalda. Y justo cuando íbamos a poder conversar animadamente, se acercó la animadora esférica y me pidió que anotara los puntos de su inminente trivial musical.

Yo lo tomé como reconvención por no haberme travestido; la conciencia del criminal siempre aguarda el castigo. Pero ladeado por mis conocidos me sentía más valiente. Así que, sin mirarla, levanté la mano con la que escribo y aduje que también se me había esguinzado al caerme cuando se torció mi tobillo izquierdo.

Me puso nervioso mantener levantada mi mano derecha y mi pie izquierdo con su bota, porque no imaginaba una secuencia en la que pudiera caer a siniestra y torcerme la diestra.

Por fortuna, la hechicera no advirtió la paradoja surgida de mi atolondramiento. Excusó mi invalidez y, con su dedo mágico, señaló al cuñado de Batman para que obedeciera sus órdenes. Pero este opuso que había sufrido un ACV (accidente cerebro vascular), lo que era cierto; tan solo hacía unos días que había vuelto a caminar sin demora.

Pero la bruja, incrédula de tanto accidente, afirmó que su propio padre también había tenido un ACV. Y con algo de ironía agregó un “vos te ves bárbaro”. El cuñado, fastidiado porque le exigieran pruebas que no tenía (no tenía una bota), mostró poca imaginación y mucho descaro: repitió lo que sabía era mi mentira y dijo que él también tenía esguinzada la muñeca.

Yo lo miré alarmado de que repitiera mis palabras mágicas. Porque es sabido que, cualquier mentira, cuanto más repetida menos creída, al revés del dicho del ministro nazi, “miente, miente, que algo quedará”, quien por supuesto mentía.

Sin levantar la vista, yo seguí tomándome la muñeca y pensé que no podría haber aplaudido con la muñeca esguinzada. Y aunque no recordaba nada digno de aplauso, temiendo que la bruja esférica nos convirtiera en hermafroditas, mantenía mi atención en mi muñeca como si mirara su radiografía. Podrán llamarme cobarde por haberme asustado; yo pensé que era bastante valiente porque seguí adelante.

Cuando la bruja esférica nos miraba a ambos como pensando qué objetaríamos si nos conminara a actuar de estatuas, que era para lo único que parecíamos servirle, el primo de Batman afirmó con seriedad que él anotaría los puntos. Y aunque lo hizo con más resignación que entusiasmo, la bruja aceptó su palabra y volvió donde las mujeres esperaban sus órdenes.

Con su voluntariado para anotar, el primo recordó que llevaba uno de esos aparatos electrónicos minúsculos que mientras son novedosos se los conoce por la marca que imaginaron sus publicistas. A este le pusieron “ipod” y el primo me hablaba de sus opciones como si él quisiera venderlo o como si yo quisiera comprarlo.

Delante mío el desafío musical no era atractivo. Por un lado, lo mejoraba las chanzas que el cuñado insistía en proferir, resentido tal vez porque no le habían creído lo que era verdad pero no excusa. A su modo, el cuñado ahora sí se divertía con la bruja. Por otro lado, con su charla el primo nada anotó y por supuesto nadie lo notó.  

Cuando se le terminaron las grabaciones de inicios musicales, la bruja puso fin a su musicus interruptus y premió con regalos a las participantes. Una de ellas fue obsequiada con un rollo de papel higiénico que, según criticó otra, encima era de mala marca.

Al término de los aplausos zombis, el cumpleañero, ya sin disfraz, tomó el micrófono y habló a conciencia y con calidez, dando las gracias a los invitados por lo que para él significaba nuestra presencia. Obligado a referirse a los rituales, aclaró que la fiesta era para él toda una sorpresa, lo que era una ingeniosa declaración de culpa e inocencia.

Tras estas sensatas palabras, él y su esposa leyeron las promesas que habían leído el día de su boda, unos meses atrás. La recreación tenía de pertinente que casi ninguno de los invitados había tenido oportunidad de escucharlas cuando ellos se casaron en otro país, en donde entonces vivían.  Y aunque siempre es raro ver a dos personas intentar poner en palabras públicas sus sentimientos más íntimos, sentimientos que no se expresan con palabras altisonantes en la intimidad, todo parecía normal después de las animaciones de la bruja.

Tras esto, la bruja animadora embaló sus equipos musicales y se fue con la música a otra parte. Y muchos aprovecharon esa mudanza para también mandarse a mudar. Pero algunos se quedaron para poder finalmente conversar. Sin embargo, la cadena de eventos programados por falta de fe en el diálogo no había terminado.  Ahora era el turno de ir a la sala a ver un video musical de fotos del cumpleañero con sus afectos.

Mirar un álbum de fotos puede ser aburrido; la prueba está en que nadie lo hace todos los días.  Además, la contemplación de estas reproducciones produce nostalgia, emoción contraindicada para una fiesta. Por lo que su popularización obedece a que alguien puede hacerlo y no a que convenga hacerlo. Como sucede con otras prácticas que las mantiene válidas la repetición que llamamos costumbre, pero que carecen de agrado o utilidad. También es desaconsejable esta práctica de televisar fotografías porque los invitados pueden llegar a sentir que asistieron a la fiesta equivocada, más aun si no pueden hallarse en ninguna de las fotos selectas.  Todos tienen un espejo en su casa, pero pocos mantienen a la vista fotografías de otros.

Preferí disfrutar la paz del ocaso en el jardín. Pero alguien vino a insistirme con el espectáculo. Le mostré mi mano con el cigarrillo humeante: yo sabía que no quieren que se fume en el interior de esa casa.

Por si acaso, y sacando provecho de la distancia que me separaba de quien así me urgía, hice gestos de que ya lo apagaba y ya iba, aleteando los brazos y haciendo caras. Quien me urgía se resignó a que yo no veía urgencia. Y por supuesto debió volver al espectáculo, pues era absurdo que se quedara afuera insistiendo que lo importante estaba adentro.

Entonces mi esposa vino a buscarme. Y mezclando ruegos con sugerencias me arrastró por la fuerza. Llegué a ver el final y aplaudí como la hechicera hubiera enseñado. Tras esto, todos se marcharon como estudiantes cuando suena el timbre del recreo. Con la excepción de nosotros y quienes allí viven: el cumpleañero, su esposa, sus hijos, su suegra y la madre de su suegra o, como dijo uno, suegra al cuadrado.

Mi esposa y yo decidimos quedarnos un rato más, no por ser los últimos en haber llegado, sino más bien para poder por fin conversar con nuestros amigos. Sentados bajo las estrellas del jardín todo parecía en armonía. Pero lo que iba a ser diálogo, o al menos charla, resultó monólogo. Y monótono por la minuciosidad puesta en contar hechos circunstanciales desprovistos de toda importancia.

La cordialidad de la conversación, que es como un árbol que crece e invita a irse por sus ramas, se convirtió en una meticulosa contabilidad de las astillas de un pedazo de corteza. Se truncó la conversación y la velada, final triste como un tocón donde había un árbol.

Para explicar este final abrupto debo acudir a testigos, pues parece que los hechos no fueron como yo los recuerdo. Porque pasado el tiempo, al rememorar con mi esposa el último suceso, yo recordé que di a entender al cumpleañero monologuista que abreviara el asunto. Pero mi esposa corrigió mi autoindulgencia y recordó que no había sido así. En cambio, ella recuerda que yo me levanté y tomándome la cabeza exclamé “¡Basta! ¡Basta! ¡Me aburrís! ¡Me aburrís!”. 

Sin embargo, algo me conozco. Yo no me repito. Lo habré dicho una sola vez.

Así concluye esta incorrecta percepción de la realidad. Y para que no queden dudas, el psicótico soy yo.

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Normas de seguridad. Una ficción

Noviembre 27, 2008

Creo recordar haber leído que Ronald Reagan, cuando asumió como Presidente, tuvo acceso a los archivos clasificados como secretos y que entonces quiso saber quién había asesinado a Kennedy y si existían los extraterrestres. La anécdota venía acompañada de un comentario despectivo sobre la superficialidad de sus inquietudes. Aparentemente, antiguos presidentes habían estado interesados por otros hechos menos populares; por ejemplo, si Roosevelt sabía del ataque japonés a Pearl Harbor antes de que se produjera.

Ahora que recuerdo esto, pienso en tres cosas. La primera es que los presidentes de EEUU desconfían de la versión oficial de los gobiernos de EEUU. La segunda es que Reagan brindaba una imagen de hombre común; sus inquietudes no podían mostrarse no comunes. La tercera es que, si estamos hablando de secretos, lo que Reagan quiso averiguar debería haber permanecido en secreto. Si tal fuera el caso esas dos cuestiones son dos por las que Reagan NO habría mostrado interés por averiguar.

De esta última sospecha, basamento de las teorías conspirativas cuyos fervientes creyentes suponen que si algún poderoso dice A, no sabemos si es B o C, pero seguro no es A, puede llegarse a paradojas. Una de ellas es que si un Presidente sostiene que las teorías conspirativas son verdaderas, los creyentes de éstas no deberían creerle. Así, las teorías conspirativas son indemostrables. La argumentación es que “ellos” no quieren que se sepa la verdad y, por lo tanto, los incrédulos de estas teorías serían crédulos de la eficaz propaganda de “ellos”.

La idea del cuento es que Barack Hussein Obama visita el salón de los archivos secretos al asumir, como es su derecho. Tiene poco tiempo, pues su agenda está completa. Lo acompaña John, su asesor de inteligencia nombrado al frente del organismo, pero el acceso a esos archivos secretos está solo reservado para el Presidente, por cuestiones de seguridad.

Uno de los problemas de los espías es que temen que sus secretos dejen de serlo. Las medidas de seguridad interna deben ser engorrosas. También, por cuestiones de seguridad, difíciles de cambiar.

Toda conversación que Barack mantenga en la consulta de los archivos será grabada. A la vez, quedará registrado lo que consulte.

Lo primero que Barack ya ha visto es su propio expediente: por normas legales, y por ser obvio, la agencia tiene lista una copia del mismo, que no está en código sino en lenguaje llano. Allí descubre que su nombre está mal escrito y otras inexactitudes. También que su esposa estaría insatisfecha. Barack sale del salón de archivos y habla con su asesor. Le dice de los errores.

         – Habrá que enmendarlo -dice su asesor-, pero no podemos destruirlo, pues es material del Estado.

         – Pero es erróneo, John, muy erróneo -dice Barack-. Allí dice que fui musulmán y que soy afroamericano: siempre fui cristiano y mulato.

         – Vamos. Tu sabes que no existe la palabra mulato para consignar la raza. Ante la duda pusieron negro. No quisieron ser ofensivos.

         – También dice que mi esposa está insatisfecha… John, tu conoces a Michelle…     

         – Bueno no la conozco tanto. Pero, Barack, perdón, señor Presidente, no debemos olvidar que estamos siendo grabados, usted no puede revelarme lo que vio en los archivos de esa sala; es un delito. De todos modos, no sabía que Michelle estaba insatisfecha sexualmente.

         – Yo no dije sexualmente. Insatisfecha con mi carrera política, John. Y la fuente es Wikipedia… Pero, dime: si no te lo puedo revelar ¿cómo lo vas a corregir?.

         – Podemos enmendar el original. Lo que está ahí dentro son copias.

         – ¿Estos archivos dan vueltas por ahí?

         – Claro, señor presidente; si no ¿cómo podríamos trabajar?.

         – Pero entonces, ¿qué tiene de especial este archivo, John?

         – ¡Que ahí está todo! ¡Todo, Barack, perdón, señor presidente! ¿lo entiendes? Puedes averiguar lo que quieras. Por ejemplo, puedes preguntar qué quiso ver George W. cuando vino aquí la primera vez. ¿Por qué no averiguas eso? Tal vez nos sirva.

Barack vuelve al salón secreto de archivos copiados y pregunta al archivista: “¿Qué fue lo primero que quiso ver mi predecesor?”. El archivista se pone a buscar en libros gigantescos. Pasa un rato.

         – ¿Por qué no están informatizados -pregunta Barack.

         – Eso es información clasificada, señor Presidente. ¿Quiere que busque esa información, señor Presidente?.

         – ¿No puedes simplemente decírmelo, eeh…? Perdón, ¿cuál es tu nombre?.

         – Eso es información clasificada, señor Presidente. ¿Quiere ver mi expediente, señor Presidente?.

         – No… -dice Barack con una mueca-. Solo busca lo que te pregunté primero: ¿qué quiso averiguar mi predecesor la primera vez que vino aquí.

         – Si, señor Presidente.

El archivista busca ahora en otro libro gigantesco y coteja ambos libros en código buscando con la mirada a su alrededor, en la inmensa biblioteca donde trabaja en solitario. Parece algo desconcertado, como si le hubieran cambiado las cosas de lugar. Barack se impacienta. “Sigue buscando”, le dice y sale. Afuera está su asesor de seguridad.

         -¿Entonces? ¿Averiguaste algo interesante? ¿Algo picante, tal vez? -pregunta el asesor.

         – Esto es muy engorroso, John. El archivista no tiene computadora, se demora muchísimo en encontrar lo que le pido y ni siquiera me dice cuál es su nombre.

         – Son normas de seguridad, señor Presidente -dice John y agrega-: Y te advierto: cuando te den el archivo estará en código.

         – ¿Cómo voy a entenderlo, entonces?.

         – Necesitarás el libro de códigos para leerlo. Pero hay otra opción mejor, porque he escuchado que el libro de códigos es incomprensible. Pídele que te lea lo que dice.

         – ¿Que me lo lea?

         – Si. Es lo que hacen todos. Por ley el archivista puede darte el expediente que le pidas para leerlo tú o para que te lo lea en voz alta. Por eso al tipo del archivo todos lo llaman Mike. Se dice que él es uno de los pocos que puede leer en voz alta lo que está en código.

         – Ya veo, pero… Disculpa, John, Si todo esto es tan secreto ¿cómo lo sabes?

         – Lo escuché en la cafetería del primer piso. Y yo que tú volvería, porque el archivista no está autorizado a buscar archivos sin la presencia del Presidente en persona. Así que Mike habrá dejado de buscar cuando te fuiste.

         – No lo creo, John. Le ordené que siguiera buscando.

         – Son normas de seguridad. Mira. Mike sabe que está siendo filmado y grabado en este momento. No se atreverá a violar la ley; debe cuidar su trasero para que no lo manden a Alaska. Además, recuerda nuestro eslogan: “Nadie está por encima de la ley”, ¿recuerdas? Y he escuchado que Mike voto por ti. No se atreverá a defraudarte.

Barack entra de nuevo a la sala del archivo. El archivista se levanta de su asiento.

         – Tuviste que dejar de buscar, ¿verdad, Mike?

         – Son normas de seguridad, señor Presidente.

         – Sí, ya sé. Te autorizo a seguir buscando lo que te pedí. Pero, por favor, Mike, hazlo rápido.

         – Si, señor Presidente.

Al rato, Mike va hasta un estante y vuelve con un pequeño expediente. Barack lo abre y mira. Es un breve párrafo en código. Barack se lo devuelve al archivista.

         – Oye, Mike, léemelo en voz alta, por favor.

         – Si, señor Presidente. Solo que, por normas de seguridad, debe usted repetirme la orden de qué quiere que le lea. Es el procedimiento, señor Presidente.

         – Bien, Mike. Bien -dice Barack con cansancio-. Por favor, dime en voz alta: ¿qué es lo que buscó mi predecesor en el cargo?.

         – ¿Qué es lo que busco mi predecesor en el cargo?

         – Exactamente, Mike.

         – Si, señor Presidente.

Se hace un silencio.

         – Bien, Mike, estoy esperando.

         – Si, señor presidente. Dígame lo que desea, señor Presidente.

         – Te pregunté y te autoricé a que me digas ¿qué es lo que busco mi predecesor en el cargo? ¡Léelo!

         – ¿Que es lo que busco mi predecesor en el cargo?.

Barack hace una mueca.

         – Dime, Mike: ¿repetiste lo que yo dije o lo leíste?

         – Sí, señor Presidente.

         – ¿Quieres decir “sí” a ambas preguntas, Mike?

         – Si, señor Presidente.

Barack hace otra mueca.

         – El expediente no dice nada más, ¿verdad Mike?.

         – No dice nada más, señor Presidente. ¿Quiere que busque algo más, señor Presidente? ¿Quiere que busque lo que busco el predecesor de su predecesor en el cargo?.

         – No, Mike. No. Es suficiente, por hoy. Gracias, Mike. Sigue trabajando… Por cierto, ¿qué haces cuándo estás solo?

         – Eso es información clasificada, señor Presidente. ¿Quiere que busque el expediente de mis tareas, señor Presidente?

         – Adiós, Mike.

         – A su servicio, señor Presidente.

Barack sale y afuera lo espera su asesor John, ansioso.

         – ¡Por fin sales! Estuviste como media hora ahí dentro. Pero ¡bien! Esta vez sí lo tienes. ¡Te tomó tu tiempo, eh! Había mucho, ¿verdad? Vamos. Dime qué averiguaste. No, aquí no. Espera me lo dirás en… en… ¡en la cafetería! ¡Eso es!

         – Disculpa, John, pero no te lo diré. Tu sabes. Son normas de seguridad.