Caballos Desdentados de Regalo

Junio 16, 2009

Tengo dos suegras. Una es la madre de mi esposa, la otra la pareja del padre de mi esposa, a la que llamaré suegra política.  Pero despejad el vulgar prejuicio que podría sugerir este hecho: cada una tiene sus rasgos individuales, virtudes e intereses diferentes. Ambas viven en otra ciudad, ambas se han hospedado con nosotros.

En razón de esto, creíamos, mi suegra política nos envío dos regalos hace unos días. Uno era para mi esposa, otro para mí. Los había enviado con mi suegro aprovechando que viajaba a nuestra ciudad.

Al abrir su regalo, mi esposa no entendió bien lo que era. Parecían unos minúsculos platitos de loza con forma y tamaño de almeja bebé. Ante el desconcierto de mi esposa, su padre, mi suegro veloz en las decisiones, llamó por teléfono a su pareja para que se explicara.

 - ¿Qué son esas cositas de loza? -preguntó mi suegro, con esa indiferente amabilidad de quien pregunta a un comensal si quiere que le pase más pan.

Y de inmediato mi suegro le pasó su teléfono a mi esposa, para no aburrirse con explicaciones hogareñas. Mi esposa escuchó el final.

 - …Como ella siempre sirve porciones tan chiquitas de helado…

Mi esposa devolvió el teléfono sin devolver palabra. De tal modo que mi suegra política no pudo saber quien había escuchado su explicación.

Abrí mi regalo, que era un libro. Su título era “El Éxito de los Perezosos”. No lo tomé como un insulto, como quiso tomarlo mi esposa, resentida por la ironía a su tacañería alimenticia que yo aun ignoraba. Pero al abrirlo y hojearlo confirmé mi prejuicio literario.

Conozco muchos libros que son un robo aunque los regalen y este era el producto de un criminal consumado. El postulado del libro estaba en el título, la explicación en ningún lado. De eso puedo dar fe aunque solo lo hojeé.

Porque, con descarada astucia, el autor supuso que quien comprara su libro sería perezoso hasta en la lectura.  Con esto en mente, el autor combinaba farragosas reiteraciones de manual de autoayuda en las páginas impares con citas e “ideas propias” en las páginas pares, impresas en letras grandes para llenarlas. Lo de “ideas propias” es una hipérbole por “opinión infundada que por su gramática finge ser sentencia”.

Tras quedar perplejo por el dispendio, me entretuvo pensar posibles respuestas a mi suegra política, cuando la vea.

 * Una sería decirle que me pareció un libro maravilloso; que dejé de trabajar; que ahora espero el éxito que el libro promete. Que mi esposa quiere hablar con ella, lo mismo que mi psiquiatra.

 * Otra sería decirle que me pareció un libro mediocre, pero que en la pagina 43 o 65, no recuerdo bien, hay un párrafo que me recordó a ella. Y darle el libro esperanzado en que lo lea, castigo digno de Torquemada, para dilucidar si estoy siendo amable u ofensivo.

 * Otra posibilidad es preguntarle qué encontró en este libro para aconsejar su lectura, libro de tan pobre contenido que si las bibliotecas ardieran en llamas, y solo éste sobreviviera, nadie dudaría en quemarlo también. Que no puedo creer que semejante engendro pueda ser leído enteramente por nadie. Pero que menos puedo creer que alguien regale un libro que no haya leído. Pues si alguien recomienda lo que desconoce, opina sobre lo que no sabe. Y de quien carece de elegancia social, de quien no sabe ni siquiera que no se sabe, solo pueden esperarse sorpresas ingratas.

 * Mi predilecta es menos larga y vehemente. Decirle que al ver el título, “El Éxito de los Perezosos”, entendí de que iba. Y lo vendí para sacarle algún provecho.

 Se aceptan sugerencias.

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La Ciudad Vista, Borges e Introducciones

Abril 1, 2009

La Ciudad Vista

“Buenos Aires fue siempre una ciudad de extranjeros, de inmigrantes llegados de cerca o de lejos: hoy los sudamericanos, los argentinos de las provincias y los asiáticos; ayer los europeos. Traté de hacer preguntas (…). Traté, sobre todo, de no sucumbir a la superstición de atribuir cualquiera de sus actos a la construcción deliberada de una identidad.”

“Cuando releí los originales no me sorprendió que, ya en el último tramo de una vida extensa como la mía, fueran tan evidentes las primeras deudas contraídas. No habría escrito lo que escribí si no hubiera leído a Roland Barthes, si no siguiera leyéndolo. Una mínima parte de la felicidad intelectual que produce Barthes es la que desearía para los lectores de este libro.”

 

Borges

Estas ideas, algunas de las palabras empleadas, alguna fría emoción, podrían haber sido escritas por Borges. Por ejemplo:

La dificultad de sintetizar una identidad compuesta por múltiples identidades.

Descreer que las personas diferentes a uno serán iguales entre sí en función de rasgos circunstanciales.

Redescubrir, sin sorpresa, la perseverancia de las influencias.

Resignarse a que la propia escritura no puede conmover como la de quienes admiramos. Y a la vez y en contradicción con ello, esperanzarse en la vanidad de que el lector puede conmoverse con este escrito como su escritor fue conmovido por otros escritos anteriores -obviando oportunamente que eso sucedió a otra edad, en otra época, con otra inexperiencia-.

 

Las introducciones a los ensayos

Los párrafos citados corresponden a la introducción de un nuevo libro que no leí ni leeré, “La Ciudad Vista” de la argentina Beatriz Sarlo. Este libro sería un sucedáneo de un anterior éxito suyo, “Escenas de la posmodernidad”, fotografía de novedades urbanas de los ´90, cuya frescura se secó en estos pocos años transcurridos. No hay que estar demasiado al día porque un día pasa pronto, escribió Oscar Wilde.

Creo que las introducciones toleran mejor el paso del tiempo. En ellas, los escribas se sienten obligados a poner sus pocas intuiciones e inquietudes en pocas palabras; antes del empapelamiento de retórica, descripciones y ejemplos repetitivos que llaman obra. Borges no escribía introducciones; prefería prólogos o epílogos, que convertía en piezas literarias autosuficientes. Lo mejor del historiador Hobsbawm está en sus introducciones.

Leo las mismas horas desde hace años, pero cada vez menos obras. Si creo que esto es común a muchos es por fanfarrona inducción de mi propia experiencia: ¿quien no cree que sus hábitos son la norma? Solo en la atribución del éxito personal nos sentimos individuos. La reflexión desmiente esta autocomplacencia, como desmiente tantas cosas.

 

De vuelta en La Ciudad Vista

Releer es más fructífero que leer. Al final del primer párrafo citado, Sarlo escribe una bella reflexión errónea. Su persuasión parte de las palabras escogidas: tratar, sobre todo, no sucumbir, superstición, atribuir, cualquier acto… Para ese momento uno sigue embebido en la belleza. Pero uno debería sospechar de “construcción deliberada”. Cualquier construcción es deliberada, por definición. Además, yo no creo, y creo que nadie creyó nunca, que “los otros” construyan deliberadamente su identidad. Esto sería creer que los gallegos eran brutos para reafirmar su “galleguidad” o que los judíos eran tacaños para reafirmar su “judeidad”, para usar prejuicios porteños perimidos.

La superstición que trató de evitar es muy fácilmente evitable: no existió ni existe. ¿Qué habrá querido decir Sarlo en lugar de lo que dijo? Habrá querido decir que intentó no caer en el perimido lugar común de juzgar que Manuel es bruto por ser gallego o de que Moshé es avaro por ser judío. Así, reemplazó prejuicio con superstición y lugar común con construcción deliberada. Pero al hacer lo último le quedó otra cosa. ¿Cómo escribió casi lo mismo Borges?

 

De vuelta con Borges

En uno de sus cuentos, el narrador, personaje sin participación aparente, habla del escritor Menard. Y escribe que:

“Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es (…). Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar (…) o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas.”

Del mismo modo, creo que Sarlo quiso llamar superstición a la idea primaria de creer que todas las personas a quienes les atribuimos una identidad son iguales (entre sí) o son distintas (a nosotros y entre sí).

Pero para confirmar esto basta con comparar los actos de un hermano y de un extraño con los propios: verificaremos que los comunes con el hermano son más numerosos que los que comunes con el extraño, pero ni tantos ni tan pocos como para que la palabra extraño sea útil. Para concluir esto no hace falta leer introducciones y menos aun ensayos completos. En cambio, una introducción puede invitarnos a reflexionar sobre ello.

 

De vuelta con las introducciones a los ensayos

Así, las introducciones de los ensayos comparten con los horóscopos y los tests psicológicos que son detonadores de reflexiones. Comparten algo más: la subordinación de todos los aspectos de un sistema a unos pocos. Así dejan al descubierto una jerarquía, que tratará de ser coherente con la obra y el conjunto en el que puede inscribírsela. Pero no volverá a recordarse esta jerarquía, debido a que suele ser indefendible. Un autor honesto explicitará esto pensando en el lector distraído. Y lo hará en la introducción. Así no disimulará que el principal fallo de su argumentación, y de la relevancia de lo narrado, yace en el principio.

En apariencia, la introducción es lo último que escribe el ensayista. Deseando el entusiasmo del lector para que lean su parrafada, pone allí ingenio y cuidado retórico que en general luego se extrañan. Sospecho que las amistades y los editores leerán la introducción y le harán sugerencias antes de su publicación. Ya por este motivo una introducción queda más pulida que una obra.

El autor parte con otra ventaja al escribir la introducción: como ya escribió la obra, le debería resultar fácil extraer la síntesis. Pero esta ventaja, de existir, traiciona la obra: si puede extraerse una síntesis, ¿para qué la obra? Más penoso debe ser descubrir que la síntesis, esas dos o tres ideas, caben en pocas líneas; y que son de lo más vulgares. Así, el autor honesto consigo mismo se resigna a que no ha escrito una gran obra. Le queda un consuelo: aun está a tiempo de escribir una gran introducción.


El crítico perezoso

Enero 2, 2009

Recomendados de mi vecino

Hace ya varias semanas mi vecino literario me prestó no uno ni dos sino siete libros de ciencia ficción. Estaba sorprendido que como aficionado al género no hubiera leído y ni siquiera oído hablar de ninguno de los títulos: “son algunos de mis favoritos” me dijo.

En este momento estoy entre obsesiones: estoy leyendo “The land where the blues began” the Alan Lomax pero nada de ficción. Leer ensayos me resulta un poco como hacer dieta y no es raro que los abandone a la primera oportunidad. Inclusive se me ocurrió crear la oportunidad, dado que no he logrado dar con ninguna novela que me interese de manera urgente en los últimos días.

Lo que pensé es transcibir acá la primera frase de cada una de los siete libros de mi vecino y que votemos cual es el que más me conviene leer. Todas estos libros, seis novelas y una colección de cuentos, son ediciones de tapa blanda con las hojas amarillas y olor a años 60 y 70.

“I sing the body electric”, Ray Bradbury:

“I arrived in the truck very early in the morning. I had been driving all night, for I hadn’t been able to sleep at the motel so I thought I might as well drive and I arrived among the mountains and hills near Ketchum and Sun Valley juast as the sun came up and I was glad I had kept busy while driving.”

“Cities in Flight”, James Blish:

“The shadows flickered on the walls to his left and right, just inside the edges of this vision, like shapes stepping quickly back into invisible doorways. Despite his bone-deep weariness, they made him nervous, almost made him wish that Dr. Corsi would put out the fire. Nevertheless, he remained staring into the leaping orange light, feeling th eheat tightening his cheeks and the skind around this eyes, and soaking into his chest.”

“To your scattered bodies go”, Philip Jose Farmer:

“His wife had held him in her arms as if she could keep death away from him. He had cried out, My God, I am a dead man!”

“A million open doors”, John Barnes:

“We were in the Pertz’s Tavern, up in the hills above Noupeitau, with the usual people, ostensibly planning to go backpacking in Terraust and actually drinking on Aimeric’s tab. With fires due in a ew weeks, we thought me might see the first herds of auroc-de-mer migrating to the banks of the Great Polar River, beginning their 1700 km swim to the sea. Aimeric had never seem it and was wild to go. For the rest of us, the pleasure was in watching his excitement–like his bald spot, it was always there to be made fun of–and in the red wine that flowed freely while he bought.”

“The best of Clifford D. Simak” edited by Angus Wells:

“The Hello Mars IV was coming home, back from the outward reaches of space, the first ship ever to reach the Red Planet and return. Telescopes located in the Crater of Copernicus Observatoriy on the Moon had picked it up and flashed the word to Earth, giving its position. Hours later, Earth telescopes had found the tiny mote that flashed in the outer void.” (Madness from Mars)

“Soldier, ask not”, Gordon R. Dickson:

[Frase de cinco palabras en griego]–begins the Iliad of Homer, and its story of thirty-four hundred years ago. This is the story of the wrath of Achilles. And this is the story of my wrath; I, Earthman, against the people of the two worlds so-called the Friendlies, the conscript, fanatic, black-clad soldiers of Harmony and Association. Nor is it the story of any small anger. For like Achilles, I am a man of Earth.”

“A canticle for Leibowitz”, Walter M. Miller Jr:

“Brother Francis Gerard of Utah might never have discovered the blessed documents, had it not been for the pilgrim with girded loins who appeared during that young novice’s Lenten fast in the desert.”

En todo caso el método de la primera frase, o llamémosle del crítico perezoso, ya me está ayudando a decidirme por donde empezar.


El país de Martin Fierro

Agosto 25, 2008

El sábado mis hijos miraban una versión animada, con dibujos de Fontanarrosa, de Martín Fierro. Descubrí que había olvidado lo mal que lo leí.

Ya Borges se había manifestado perplejo de que una obra literaria cuyo héroe era un gaucho desertor, borracho, pendenciero, asesino y ladrón se convertiera en ejemplo atendible en las aulas escolares, donde deberían formarse futuros ciudadanos. Este escozor pudo exacerbarlo el hecho de que los intelectuales de su denostado movimiento justicialista quisieron ver en ese gaucho perseguido un símbolo de los también perseguidos peronistas por las sucesivas facciones conservadoras que les habían arrebatado el poder del estado.

Es curioso que en toda la obra los hacendados no aparecen, excepto en la figura de un amable suplicante de amnistía para el gaucho prófugo. Que los hacendados no sean mostrados como los ruralistas oligarcas que esa misma tradición cultural peronista quería ver en ellos no ha sido objeto de mucha polémica.

José Hernández escribió en 1872 “El Gaucho Martín Fierro”. Como a Cervantes, el exito lo llevó a escribir una segunda parte. En el primer Martín Fierro, éste es reclutado para servir en un fortín en la frontera con los indios por seis meses. José Hernández hacía aquí una denuncia que, por obvia en su momento, no precisaba aclarar.

Durante su gobierno de la provincia de Buenos Aires, Rosas dispuso pagar a los indios para evitar sus incursiones; este sistema lo replicaban los indios de esta frontera con los de su retaguardia. Cuando finalmente se produjo la guerra entre Buenos Aires y las demás provincias, los indios fronterizos, que vieron mermados sus subsidios, aprovecharon para retomar sus saqueos, con la ventaja de poder contar ahora con los mercados de las provincias enemigas de Buenos Aires, mercados más cercanos y por lo tanto más rentables que la transcordillerana Chile. Tras la guerra civil, diezmada la soldadesca y los recursos, agravado el problema de la frontera india, el gobierno de Buenos Aires modificó su ley de reclutamiento.

Antes, extranjeros y empleados estaban exentos de prestar servicio militar. Los propietarios podían evitarlo si pagaban un personero, es decir, daban una suma de dinero al estado; y los llamados vagos eran los reclutados. La nueva norma mantuvo todo esto igual. Pero a falta de desempleados pasó a considerar como propietario al capataz o cuentapropista que percibía pago en ganado. A esta clase media baja pertenecía Martín Fierro, quien se había hecho de algún ganado corriendo cuadreras, pero que no contaba con capital como para pagar un personero ni podía recurrir a un prestamista por falta de propiedad que sirviera como aval.

Una vez en la frontera, a los reclutados del poema no les dan armas sino intrumentos de labranza para que trabajen la chacra del coronel del destacamento. A este abuso del representante del estado se suma el maltrato cotidiano, la estafa -los pagos llegan siempre con retraso y el único fiador es un caro tendero en connivencia con el Coronel- y directamente el no pago de la soldada. Los indios son descriptos como salvajes ladrones que no pueden combatirse por falta de recursos. Y que solo son perseguidos cuando roban la hacienda del Coronel.

Pasan los años y, harto del reclutamiento forzado, Martín Fierro escapa y vuelve a su pago. Pero el desertor encuentra que su esposa e hijos han abandonado el rancho, al no poder subsitir por sí mismos.

En este estado de penuria, mientras un estanciero ruega a un corrupto juez de paz que Martín Fierro no sea consideraro desertor y sea dado de baja, Martín Fierro comete un crimen. Es cuando provoca una pelea al insultar, borracho, a la pareja de un moreno. Un segundo crimen, surgido de un segundo duelo, provoca que Fierro sea perseguido con ahínco.

Rodeado por una partida en la nocturna llanura, Martín Fierro se salva cuando el sargento Cruz se pone de su lado. Luego, ambos amigos prófugos de la ley roban ganado y van a refugiarse entre los indios. Así termina esta novela en octosílabos titulada “El gaucho Martín Fierro”, que contaba males que todos conocen, pero que nadie contó.

Ver el estado, a través de sus representantes, como enemigo del individuo no es una novedad. En estos años, creo que todas las películas que pudo elegir para actuar el Kevin Costner famoso comparten esa visión. Pero que los representantes del estado sean amenazantes y que los ricos no lo sean es más raro, pues une anarquismo con liberalismo.

Pero en este Martin Fierro los ricos no aparecen. Cuando parecen hacerlo son en realidad próspera clase media. Esa visión carente de grandes hacendados en la campaña choca con dos imágenes tenidas por ciertas.

Una es la costumbre de imaginar la campaña pampeana como una sucesión de latifundios, iniciada poco antes de la asunción de Rosas, el administrador rural primo del latifundista Anchorena. Otra es la biografía de un José Hernández conocedor del campo de primera mano e incapaz del error: su infancia y adolecencia vividas en el campo, su errabunda actividad militar junto a fuerzas antirrosistas, sus artículos periodísticos descriptivos de los problemas rurales… Todo lo muestra como un conocedor. Pero una de las dos impresiones de esa época no puede ser cierta.

Una de las soluciones propuestas a esta aparente contradicción es que Hernández fue un defensor de los intereses de los grandes ruralistas, siguiendo esa desconcertante tradición de agitador conservador inaugurada con “La Representación de los Hacendados” por el también periodista Mariano Moreno.

Otra explicación supone un error en el bienintencionado Hernández. La campaña que éste conocía era la menos cercana a la ciudad de Buenos Aires. Como toda zona alejada del mercado principal, sus campos dejarían una rentabilidad muy baja. Aquí no hay capital ni ricos hacendados y menos aun tras la devastadora guerra civil.

Una tercera explicación supone que el error se encuentra en nosotros, lectores de esa época, al buscar una imagen negativa de la gran propiedad en los protagonistas de esos tiempos. Esa época sería anterior a la popularidad de las ideas comunistas. Y en un país con grandes extensiones, pero carente de industrias, capital y población, la sensación de que la riqueza no estaba acumulada en pocas manos sino que aun no estaba producida debió de ser la más extendida.

Hay una cuarta explicación, parecida a la anterior, que cuestiona la relevancia económica de esos latifundios. Aunque en tiempos de Hernández las exportaciones agrícolas eran entre el 50% y el 70% del total de las exportaciones no debe deducirse de estos porcentajes un gran capital en manos de los hacendados. Porque, en ese entonces, la riqueza era generada más por el comercio y el consumo interno que por las exportaciones. Los luego altísimos precios internacionales apenas habían empezado y las grandes extensiones cercanas al puerto de Buenos Aires no habían mostrado aun ese potencial económico que colocaría a la Argentina con un producto per cápita superior al de Inglaterra.

Estas enigmáticas cuestiones históricas, aunque mínimas y olvidables, tienen sin embargo para mí mayor encanto que muchos otros enigmas. Que no se tenga una visión clara de lo sucedido hace unas décadas me parece notable. El poema fue publicado en 1872; 14 años después nacía uno de mis abuelos. Viéndolo así no me parece que haya pasado tanto tiempo.

Cuando el relato de los hechos contraría lo esperado el desconcierto puede llevar a reflexionar sobre la misma reflexión. La vacilación entre confiar en los datos, buscar otros complementarios o rever nuestra interpretación es una ociosidad. Su práctica lleva a leer los periódicos con la misma actitud crítica que cuando leemos historia o una novela escrita en octosílabos.

Porque ver a la novela, la historia y el periodismo como relatos de veracidad creciente implica el postulado de que el conocimiento que podemos obtener de ellos es también respectivamente creciente.

En cambio, confundir los géneros, y leer periódicos, historia y novelas como si fueran todos relatos, escritos con limitaciones e intenciones subyacentes, invita a leer con ojos nuevos.


De Khrushchev, hablando

Agosto 13, 2008

El comentario de Avo sobre Brezhnev me hizo acordar de algo que leí anoche: un discurso donde Khrushchev denuncia los excesos de Stalin. Está en mi recopilación de grandes discursos, de la cual voy leyendo algunos cada semana–el libro tiene más de 1,000 páginas, estimo que unas 300 y tantas transcripciones.

Hay algunos buenísimos, por ejemplo el de Marco Antonio en el funeral de César. Después de ese discurso es que los conspiradores deben huir de Roma.

Khrushchev no parece un tipo fino, él no fue el de “We will bury you” de la canción de Sting? Igual con su estilo se las arregla para pasar el mensaje. Esto fue en el congreso partidario del año 1956:

“…it is impermissible and foreign to the spirit of Marxism-Leninism to elevate one person, to transform him into a superman possessing supernatural characteristics akin to those of a god. Such a belief about a man, and specifically about Stalin, was cultivated among us for many years”

“Stalin organized the concept of enemy of the people. This term automatically rendered it unnecesary that the ideological errors of a man or men engaged in a controversy be proven; this term made possible the use of the most cruel repression…”

“It was determined that of the 139 members and candidates of the party’s Central Committee who were elected at the seventeenth congress, 98 persons, that is, 70 percent, were arrested and shot (mostly in 1937-38)”

“Eikhe was forced under torture to sign ahead of time a protocol of his confession prepared by the investigative judges in which he and several other eminent party workers were accused of anti-Soviet activity. On October 1, 1939, Eikhe sent his declaration to Stain in which he categorically denied his guilt and asked for an examination of his case. In the declaration he wrote–There is no more bitter misery than to sit in the jail of a government for which I have always fought–On February 4 Eikhe was shot.”

Esta Avo es para vos “All the more monstruous are the acts whose initiator was Stalin and which are rude violations of the basic Leninist principles of the nationality policy of the Soviet state. We refer to the mass deportations from their native places of whole nations, together with all Communists and Komsomols without any exception; this deportation action was not dictated by any military considerations. The Ukrainians avoided meeting this fate only because there were too many of them and there was no place to which to deport them. Otherwise, he would have deported them also.”

Sobre otro caso de unos doctores “Stalin personally called the investigative judge, gave him instructions, advised him on which investigative methods should be used; these methods were simple–beat, beat, and, once again, beat.”

Al final dice “Comrades, we must abolish the cult of the individual decisively, once and for all…”


Inesperada velada literaria

Agosto 10, 2008

Hemos hablado sobre la dificultad de entablar conversaciones significativas en Estados Unidos. No queda claro si esto es por las diferencias culturales, la menor habilidad en el manejo de otro idioma o la falta de contacto social con personas que no sean también inmigrantes, con quienes sólo tenemos la misma conversación una y otra vez.

Desde hace unos días convivimos con los dueños de casa, una experiencia que no pasa desapercibida porque son una familia de seis, expatriados de visita en su hogar, lo cual ya sabemos produce una agitada vida social. Al planificar estas semanas supusimos que ambas familias ibamos a estar mas o menos segregadas, lo cual resultó impracticable. En cambio pasamos bastante tiempo juntos, compartiendo las visitas de amigos y vecinos.

Una de estas visitas frecuentes son unos vecinos cuya amistad heredamos al mudarnos. O más bien MIle heredó, al ser contemporánea del menor de tres hijos. Hace unos días vino Gary, figura paterna de conversación fácil y participé de la charla que se dio con Eugenio, de local. Para mi sorpresa la conversación derivó hacia nuestras lecturas recientes. Eugenio lee los besteller de a tres, encuadernacion tapa blanda, en los recreos del trabajo–está trabajando desde la casa–o mientras espera que se haga el café. Ahora está leyendo la serie del Capitan Alatriste y hablamos un poco sobre la película. Le recomendé el Club Dumas, que siempre pensé es la mejor novela de ese autor.

Gary resultó ser también un lector ávido. Al parecer el Wall Street Journal tiene una sección o revista de crítica literaria los fines de semana, lo cual echa alguna luz sobre el misterio de que salga ese diario en Domingo. De allí tomó la recomendación de “My name is Will”, la historia de un bohemio estudiante de doctorado a quien su vida disipada le presenta múltiples dificultades para avanzar una complejísima tesis sobre Shakespeare. Al parecer lo interesante del libro es que el autor tiene un conocimiento tan cabal de Shakespeare que los personajes se comunican entre si citando diálogo y situaciones de sus distintas obras.

Después Eugenio le preguntó a Gary sobre ciencia ficción, sabiendo que ambos teníamos interés. Pareciera que Gary leyó toda la ciencia ficción que se publicó jamás, hasta sabía sobre Bioy y Borges, pero su autor favorito por lejos es un tal Robert Heinlein, a quien yo nunca había leído hasta el día anterior: por casualidad había comprado un libro por el título, “Stranger in a strange land”, sin saber nada sobre Heinlein y lo había empezado ese fin de semana. Gary comentó que es un autor muy influyente en Estados Unidos, fuera de la ciencia ficción, con cuatro obras entre las 100 más importantes del siglo XX, una de las cuales es justo la que yo estaba leyendo. Es uno de estos autores que publicó muchos libros, incluyendo algunos títulos para jóvenes y Gary nos invitó a la casa a prestarnos algunos de estos para el hijo mayor de Eugenio.

Mientras ibamos para la casa me comentó que esta novela en particular tiene dos ediciones, porque la editaron para bajarle el tono controversial en cuanto a sexo y religión. Me dijo que fue una historia muy influyente para los hippies y algunas expresiones del libro, inventadas, pasaron al lenguaje normal por un tiempo: el verbo “grok” que quiere decir entender o comprehender y “compartir el agua”, ritual impuesto por el protagonista (marciano) como señal de hermandad. Todo este contexto aumentó mi interés en la historia, que hasta el momento me había resultado curiosa sin saber por qué. Le mencioné que me llamaba la atención uno de los protagonistas, quien organiza toda la primera sección de la historia, a lo cual Gary me respondió que prácticamente había sido su role model al empezar a estudiar (es médico).  

Gary tenía más de 50 libros de Heinlein en la casa y nos presto 5 o 6. Por si acaso me prestó una copia de la edición completa de la novela en cuestión.

Poco después estaba leyendo un capítulo donde uno de los protagonistas cita asesinatos políticos famosos y ante la ausencia obvia me di cuenta: es un libro anterior al asesinato de Kennedy. Es decir que “inventa” toda una serie de cosas que después pasaron o al menos se propusieron, incluyendo toda una organización social y política del futuro, en la cual entiendo por Gary que se inspiraron–al menos en parte–los hippies.

Antes de despedirnos Gary me dijo “sos un suertudo en encontrarte un autor así a esta altura de la vida!”. Sensación con la cual me identifiqué. Para empezar a compensar le presté “Quicksilver” de Neal Stephenson.


Coetzee

Agosto 7, 2008

Si por error uno echa un vistazo a la contratapa de un libro de Coetzee es improbable que lo adquiera. Entre los obvios elogios, uno sospecha que la historia narrada es triste y con pocas peripecias. Esos libros nunca serán best-sellers. Las primeras frases no se presentan maravillosas. Juventud empieza más o menos así:

“Él vive en un departamento de una habitación, junto a la estación de tren Mobray , por el que paga once guineas al mes.”

Insatisfactorio. No sabemos el nombre del protagonista, dónde estamos exactamente, ni la época, ni si once guineas es mucho. Además de esta aparente desinformación no encontramos sabiduría o belleza. Hay poco que invite a seguir leyendo. El mayor aliento es que es una frase corta y entendible. Seca y breve.

Hay algo más. El texto no dice que la habitación cuesta once guineas sino que a él le cuesta once guineas. Esta minucia es un buen indicio: el precio no es un dato objetivo, sino subjetivo: no existe EL precio sino SU precio.

Aunque advertido de esto, uno puede restarle importancia y dejar el libro. O tal vez uno se enteró de que ganó el Nobel y dos premios Booker y que los elogios provienen sobre todo de otros escritores. Si uno se anima a seguir leyendo puede desalentarse por la falta de acción, por la descripción minuciosa de emociones generalmente penosas. Y abandonarlo. Porque Coetzee es como una bebida que jamás probamos: a algunos les basta un sorbo para desecharla; a otros, a mí, nos produce adicción.

 En sus relatos el hilo de la trama es mínimo y por eso fácil de seguir. Lo que importa no son las vicisitudes sino cómo vive alguien con ellas. Y estas emociones, aunque singulares, son reconocibles. Y este reconocimiento es la rareza de su obra.

 Que un personaje inventado nos parezca real, a fuerza de la verosimilitud de sus emociones, está bien y sucede. Sin embargo, que esa verosimilitud no termine en identificación con el protagonista, sino que sigamos viéndolo como otro, es más raro. Y más raro, y autocomplaciente en algún punto, es que de ese reconocimiento del otro sintamos que formamos parte de la humanidad, donde el otro, los otros, son reales y existen.

 Ahora se vuelve más comprensible la primera frase de Youth. La brevedad contribuye a la comprensión, necesaria para el reconocimiento. La sequedad produce el distanciamiento para que el reconocimiento no se convierta en identificación. No dar nombre al protagonista es para no convertirlo en otro y simular su invención. Que la habitación le cuesta tanto es porque es a él a quien le pasan las cosas, no a cualquier otro. El tamaño mínimo del departamento forma parte de las limitaciones de juventud, que se revelarán numerosas. La cercanía a la estación de tren sirve para hilvanar la frase con la que sigue. Todo tenía sentido y función, de modo tan exacto que, más que como un jardinero, Coetzee se comporta como un podador.

 Esta concisión, el punto de vista, la simpleza que no el simplismo, la atenta crudeza por las emociones más íntimas, continúan hasta el final, como postulados. Si en algún momento encontramos una frase larga es para que el lector, al perder el imaginado aliento, sienta el desaliento del también imaginado protagonista. Pero no habrá recursos que nos distraigan del protagonista y de la atmósfera en la que vive, ni siquiera la división en capítulos; poco encontraremos que se explique por descuido.

 Esta ingeniería sutil puesta en cada párrafo confluye en el reconocimiento del otro. El examen de conciencia al que esto invita hace que dicha ingeniería pase desapercibida. Solo la extrañeza de su efecto lleva a su análisis. Sin embargo, leerlo olvidando que uno está leyendo no solo es preferible; es también inevitable. Descubrir a Coetzee es descubrir otro mar.

 Infancia (o Semblanzas de Vida Provincial), Juventud, Desgracia son los más fáciles de leer. Esperando a los Bárbaros es también una larga parábola. Vida y Época de Michael K  y La Edad de Hierro son también crónicas de ánimos sociales. El Maestro de Petersburgo y Foe son glosas de novelas clásicas. Elizabeth Costello, Hombre Lento, Diario de un Mal Año son experimentos de variaciones sobre el relato clásico. Costas Extrañas compila estudios eruditos sobre algunos escritores contemporáneos.


El pasado ilumina el presente

Julio 30, 2008

Hablar de algún libro a quien no lo leyó exige un arte, para volver atractivo el comentario, del que carezco.  Así, requiero tu colaboración para que, cuando puedas, elijas la ficción dentro de la ficción: imaginar que las reseñas son sobre libros no leídos, o que ni siquiera existen.

 He leido, en este julio que termina, algunos libros de autores argentinos, todos de mediados del siglo veinte.

 1. Fin de Fiesta, de Beatriz Guido, donde el término de una adolescencia decadente se pretende parangonar con el término del caudillaje conservador cuando surge el peronismo. Las vivencias del adolescente, más complicado que complejo, dan ganas de releer “The Catcher in the Rye”, para olvidar esta novela cuyo ejemplar pongo a la venta.

 2. Las ratas, de José Bianco, donde el prologuista Borges nos cuenta el final: que el narrador es el asesino. La insistencia de que los méritos de la prosa exceden los mínimos de la trama es de una ambigüedad dañina. Ejemplar puesto a la venta.

 3. Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, donde el relato de un secuestro y fusilamiento incompleto hacia 1956 es una película de acción mal narrada y poco emotiva. A menos que la sepamos real.

Un apéndice incluye su Carta Abierta a la Junta Militar, de 1977, que ningún diario se atrevió a publicar. En ella describe los secuestros, tormentos y asesinatos sistemáticos con una fuerza que no ha perdido vigencia. Tras estas atrocidades, el periodista Walsh sorprende cuando dice algo así como “Y esto no es lo peor”. Entonces, pasa a describir las dañinas medidas económicas cuyas graves consecuencias prevé con una antelación que muchos economistas no compartieron, pues esas consecuencias, creían estos, solo surgirían si aquellas medidas no fueran complementadas por otras, como en efecto ocurrió.

Walsh termina la carta diciendo que la escribe y la hace llegar “…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.”

Al día siguiente, Rodolfo Walsh fue secuestrado de su casa. Por honra a quien entregó su vida en aras de valores que creía más importantes, cual Sócrates, por honra a esta carta, no pongo el ejemplar a la venta.

 4. Zama, de Antonio Di Benedetto. Juan de Zama es un funcionario colonial hacia 1790. Vive amores no correspondidos, escasez de dinero y una vida poco consciente de sí misma. Termina persiguiendo unos bandoleros con un contingente compuesto por esos mismos bandoleros. Raro en su tema, prosa e inquietudes, no lo pongo a la venta mientras lo siga recordando con fruición.

 5. Todos los fuegos el fuego, conjunto de relatos de Julio Cortázar, quien elige mejor sus títulos que su prosa y que de una idea para un cuento breve hace un relato largo. En oferta.

 6. En esta sexta y última novela hay un pasaje sobre el peronismo. No de su ideología, que supongo inexistente, pero sí de uno de los valores culturales de sus militantes. Dice el personaje de la novela:

“En la vida no hay sino, o estar arriba o estar abajo. Y el que está arriba es el vivo y el que está abajo es el pendejo”.

Buena síntesis de quienes consideran vergonzoso no prosperar económicamente desde la política y bochornoso seguir a un líder que no lo hace. El libro es Las Lanzas Coloradas del venezolano Arturo Uslar Pietri. El título hace alusión a los lanceros del caudillo Boves que combatió junto a los realistas contra los republicanos en esas tierras. No está del todo mal. Es una mirada épica, pero no patriotera. Para el que quiera luego leer historia latinoamericana lo pongo a la venta.

 

Es conveniente seguir el consejo del crítico Harold Bloom de leer mal: confundir lo que escribió un venezolano en Paris hacia 1930 con lo que pudo haber escrito un posterior argentino imaginario sobre otras realidades, imaginarle intenciones al autor que éste no pudo concebir.

 Luego, como corolario, puede uno informarse de que el escritor fue político y llegó a presidente de su país. Puede uno reflexionar que su mirada, que pretendía ser abarcadora, no dejaba nunca de ser discriminatoria. Que la crítica a su clase social, en la que se reconoce, le impide ver que desconoce a la clase baja, a la que imagina en sus dos tópicos más habituales, como incivilizada y supersticiosa o como fuerte y valerosa. Y solo a veces en el sentido de que “…barbarie no es tan solo ignorancia de lo que el civilizado sabe: es también sabiduría de lo que el civilizado ignora”.

 Pero esta cita es también equivocada. Son palabras del historiador Halperin Donghi referidas al Facundo de Sarmiento.

 Halperin escribió en otro texto, refiriéndose a la historia pero si lo leo mal refiriéndose también a la lectura, que “el pasado ilumina el presente del mismo modo que el presente ilumina el pasado”.


La primera frase de Harry Potter

Julio 29, 2008

“Mr. and Mrs. Dursley, of number four, Privet Drive, were proud to say that they were perfectly normal, thank you very much.”

En el principio del segundo párrafo hay una frase que quizás te interese más, Quintero: “Mr. Dursley was the director of a firm called Grunnings, which made drills.” Un proveedor!

Creo que lo importante en Harry Potter son los finales, más que los principios. En realidad empecé la serie por el número 2, intitulado “La Cámara Secreta”. Recién revisé la primera frase de este tomo pero ya me la olvidé. En ese momento ya había salido el número 3, así que a los pocos días lo fui a buscar en bicicleta a la casa de una amiga de Pucho. 

Los siguientes 4 libros los reservé antes de que salieran. El número 5 lo fui a buscar a medianoche a la distribuidora, en Belgrano R, para tener una de las primeras copias. Era una noche de tormenta, con rayos: el momento perfecto para leer Harry Potter. En cierto momento recuerdo haber pensado: cuántos problemas tiene este muchacho! Luego miré el libro de costado y me dí cuenta de que estaba por terminar–imposible que arreglen todo en 50 páginas–sin embargo, al final todo cierra, como en Implemad.

El final del libro 6 es infartante. Estuve deprimido varios días. Mi amigo Bubi dice que la gente cree que es un libro para chicos, pero que en realidad es una tragedia. Es verdad que al pobre chico le pasa de todo.

Revisando las historias, en todas el ritmo se acelera hacia el final: son como historias de detectives, pero sin el capítulo de explicaciones: toda la trama se desata con las acciones finales. Con el paso de los libros hay cosas que permanecen, como uno podría esperar. Por ejemplo, los conjuros. Sin embargo también hay referencias mucho más oscuras: supongamos en el libro 6 retoma un personaje mencionado al pasar en el libro 2. Dado que hay 10 años o más de principio a fin, me pregunto si será pensado de antes o son detalles que la autora retoma para mandarse la parte.

El libro uno lo leí por la mitad de la serie: lo saqué prestado de la biblioteca del Llao-Llao y lo leí al lado de la chimenea, mientras afuera nevaba y se veía el lago y las montañas. En Harry, estaba el monstruo del lago.


De los libros

Junio 6, 2008

De un tiempo a esta parte me pregunto por qué elijo leer ciertos libros, cómo los leo, cuánto me agradan y por qué.

Tiendo a elegir libros antiguos más que nuevos. Confiado en una especie de evolución natural de los libros me acerqué a aquellos. Y, aunque antiguos, no podían sino hacer referencia a otros más antiguos. Por otra parte, pensaba que preferir los más nuevos sobre los otros llevaba al absurdo de suponer que un libro empeoraba a medida que se reeditaba. Pero la antigüedad también conlleva sus absurdos.

Hoy puedo argumentar a favor o en contra de unos y otros, pero me basta mi propia experiencia, que no es autoridad más que para mí, y un testimonio no es un argumento. Simplemente suelo encontrar más placer y novedad en ellos.

Si busco un libro en particular, deambulo por internet, donde en inglés se encuentra casi todo lo antiguo. Si creo disfrutarlo en ese idioma, lo compro en el mío. Otras veces deambulo por las librerías reales y leo la primera frase o párrafo. De uno de cada diez libros llego a los primeros párrafos, y puede ser que lo compre. Si paso de página, siempre. Rara vez no compro en una librería a la que entré, asi los libreros no ven con malos ojos que yo ojee.  Al guiarme por los inicios de los libros he tardado en llegar a algunos que comenzaban con tediosos detalles circunstanciales. También he dado con muchas defraudaciones, cuando el autor puso lo mejor como entrada, pero era mal cocinero. Pero creo que este método de ojear los inicios es más fiel a mi gusto que el de cualquier recomendación de quien no me conoce, como las listas de best sellers o los clásicos de Oxford.

Una vez comprado me doy por satisfecho y puedo pasar un tiempo sin abrirlo, como si fuera una exquisita golosina. Cuando lo leo me importa poco más que mi propio placer y lo abandono con una facilidad de la que me enorgullezco, pues me siento rehabilitado del vicio de esa perseverancia masoquista. Ahora creo que un libro es mi inquilino y, si como anfitrión tengo mis obligaciones, él tiene otras para conmigo. Teniendo la libertad de no abandonar una conversación veo que casi todos atienden su teléfono portátil cuando los llaman; necio sería no dejar de lado a quien monologa y me aburre.

Mi padre criticaba que leyera rápido, pues devoraba más que saboreaba. Hoy leo a ritmo desigual, deteniéndome y releyendo algún pasaje o pasando velozmente por encima de otros. Leo los prefacios si termino el libro; las introducciones de los ensayos suelen ser más amenas que el conjunto, y algunos prologuistas recogen las pocas ideas del libro y las expresan mejor que el autor.

A veces recuerdo frases exactas, pero cada vez más a menudo recuerdo la idea y no las palabras. Así, al no poder repetirme tan bellamente una idea la despojo de la persuasión de su vestidura. En algunos pocos libros doblo la página donde encuentro una idea compleja o muy bellamente expresada, y esas son las que nunca recuerdo.

No soy buen lector. Casi nunca lloro o me alegro por los azares de los protagonistas, sean estos reales o inventados. Cuando leo terremoto no tiemblo ni cuando leo nieve siento frío. Si hubiera vivido más experiencias o tuviera mejor memoria tal vez podría revivirlas con cada palabra. En cambio, acuso de falta de imaginación al escritor que no suple mi propia falta.

Al concluir un libro, me pregunto qué me gusto de él y por qué. Para los mediocres encuentro mil y una razones, pero los buenos me desorientan. De unos y otros me pregunto si los releería, para tratar de poner en blanco y negro lo que no lo es. Creo que, como con cualquier restaurante, si no siento ganas de volver a él raro sería suponer que lo disfruté.

Creo que más que leer me place releer. Ahora que conozco la trama o idea principal puedo disfrutar mejor el paseo sin temor a perderme, sin ansiedad por llegar al final y sin obligación de acompañar las digresiones de mi guía. En la relectura me conmuevo, sorprendo y entiendo más que en la primera lectura y de ésta nueva experiencia obtengo nuevas oportunidades de reflexión.

Al libro de cuya relectura obtengo placer, novedad o claridad lo atesoro. De los demás, que son tres de cada cuatro, me deshago asociándome con un adolescente para que los revenda, obteniendo un octavo de su precio que es más que su valor. Así confronto a mis libros, redescubro algunos y condeno a muchos. Y aunque postergo algunas sentencias encuentro más fácil mis pocos, pero buenos libros juntos. Aunque siga sin saber por qué me parecen buenos.

Alguien le dijo a Borges que un Fulano tenía una biblioteca de diez mil libros. Borges río y dijo que nadie podía leer esa cantidad. Yo creo que me costaría seleccionar cincuenta que haya sabido leerlos y cuya sola mención me haga temblar.