El sábado mis hijos miraban una versión animada, con dibujos de Fontanarrosa, de Martín Fierro. Descubrí que había olvidado lo mal que lo leí.
Ya Borges se había manifestado perplejo de que una obra literaria cuyo héroe era un gaucho desertor, borracho, pendenciero, asesino y ladrón se convertiera en ejemplo atendible en las aulas escolares, donde deberían formarse futuros ciudadanos. Este escozor pudo exacerbarlo el hecho de que los intelectuales de su denostado movimiento justicialista quisieron ver en ese gaucho perseguido un símbolo de los también perseguidos peronistas por las sucesivas facciones conservadoras que les habían arrebatado el poder del estado.
Es curioso que en toda la obra los hacendados no aparecen, excepto en la figura de un amable suplicante de amnistía para el gaucho prófugo. Que los hacendados no sean mostrados como los ruralistas oligarcas que esa misma tradición cultural peronista quería ver en ellos no ha sido objeto de mucha polémica.
José Hernández escribió en 1872 “El Gaucho Martín Fierro”. Como a Cervantes, el exito lo llevó a escribir una segunda parte. En el primer Martín Fierro, éste es reclutado para servir en un fortín en la frontera con los indios por seis meses. José Hernández hacía aquí una denuncia que, por obvia en su momento, no precisaba aclarar.
Durante su gobierno de la provincia de Buenos Aires, Rosas dispuso pagar a los indios para evitar sus incursiones; este sistema lo replicaban los indios de esta frontera con los de su retaguardia. Cuando finalmente se produjo la guerra entre Buenos Aires y las demás provincias, los indios fronterizos, que vieron mermados sus subsidios, aprovecharon para retomar sus saqueos, con la ventaja de poder contar ahora con los mercados de las provincias enemigas de Buenos Aires, mercados más cercanos y por lo tanto más rentables que la transcordillerana Chile. Tras la guerra civil, diezmada la soldadesca y los recursos, agravado el problema de la frontera india, el gobierno de Buenos Aires modificó su ley de reclutamiento.
Antes, extranjeros y empleados estaban exentos de prestar servicio militar. Los propietarios podían evitarlo si pagaban un personero, es decir, daban una suma de dinero al estado; y los llamados vagos eran los reclutados. La nueva norma mantuvo todo esto igual. Pero a falta de desempleados pasó a considerar como propietario al capataz o cuentapropista que percibía pago en ganado. A esta clase media baja pertenecía Martín Fierro, quien se había hecho de algún ganado corriendo cuadreras, pero que no contaba con capital como para pagar un personero ni podía recurrir a un prestamista por falta de propiedad que sirviera como aval.
Una vez en la frontera, a los reclutados del poema no les dan armas sino intrumentos de labranza para que trabajen la chacra del coronel del destacamento. A este abuso del representante del estado se suma el maltrato cotidiano, la estafa -los pagos llegan siempre con retraso y el único fiador es un caro tendero en connivencia con el Coronel- y directamente el no pago de la soldada. Los indios son descriptos como salvajes ladrones que no pueden combatirse por falta de recursos. Y que solo son perseguidos cuando roban la hacienda del Coronel.
Pasan los años y, harto del reclutamiento forzado, Martín Fierro escapa y vuelve a su pago. Pero el desertor encuentra que su esposa e hijos han abandonado el rancho, al no poder subsitir por sí mismos.
En este estado de penuria, mientras un estanciero ruega a un corrupto juez de paz que Martín Fierro no sea consideraro desertor y sea dado de baja, Martín Fierro comete un crimen. Es cuando provoca una pelea al insultar, borracho, a la pareja de un moreno. Un segundo crimen, surgido de un segundo duelo, provoca que Fierro sea perseguido con ahínco.
Rodeado por una partida en la nocturna llanura, Martín Fierro se salva cuando el sargento Cruz se pone de su lado. Luego, ambos amigos prófugos de la ley roban ganado y van a refugiarse entre los indios. Así termina esta novela en octosílabos titulada “El gaucho Martín Fierro”, que contaba males que todos conocen, pero que nadie contó.
Ver el estado, a través de sus representantes, como enemigo del individuo no es una novedad. En estos años, creo que todas las películas que pudo elegir para actuar el Kevin Costner famoso comparten esa visión. Pero que los representantes del estado sean amenazantes y que los ricos no lo sean es más raro, pues une anarquismo con liberalismo.
Pero en este Martin Fierro los ricos no aparecen. Cuando parecen hacerlo son en realidad próspera clase media. Esa visión carente de grandes hacendados en la campaña choca con dos imágenes tenidas por ciertas.
Una es la costumbre de imaginar la campaña pampeana como una sucesión de latifundios, iniciada poco antes de la asunción de Rosas, el administrador rural primo del latifundista Anchorena. Otra es la biografía de un José Hernández conocedor del campo de primera mano e incapaz del error: su infancia y adolecencia vividas en el campo, su errabunda actividad militar junto a fuerzas antirrosistas, sus artículos periodísticos descriptivos de los problemas rurales… Todo lo muestra como un conocedor. Pero una de las dos impresiones de esa época no puede ser cierta.
Una de las soluciones propuestas a esta aparente contradicción es que Hernández fue un defensor de los intereses de los grandes ruralistas, siguiendo esa desconcertante tradición de agitador conservador inaugurada con “La Representación de los Hacendados” por el también periodista Mariano Moreno.
Otra explicación supone un error en el bienintencionado Hernández. La campaña que éste conocía era la menos cercana a la ciudad de Buenos Aires. Como toda zona alejada del mercado principal, sus campos dejarían una rentabilidad muy baja. Aquí no hay capital ni ricos hacendados y menos aun tras la devastadora guerra civil.
Una tercera explicación supone que el error se encuentra en nosotros, lectores de esa época, al buscar una imagen negativa de la gran propiedad en los protagonistas de esos tiempos. Esa época sería anterior a la popularidad de las ideas comunistas. Y en un país con grandes extensiones, pero carente de industrias, capital y población, la sensación de que la riqueza no estaba acumulada en pocas manos sino que aun no estaba producida debió de ser la más extendida.
Hay una cuarta explicación, parecida a la anterior, que cuestiona la relevancia económica de esos latifundios. Aunque en tiempos de Hernández las exportaciones agrícolas eran entre el 50% y el 70% del total de las exportaciones no debe deducirse de estos porcentajes un gran capital en manos de los hacendados. Porque, en ese entonces, la riqueza era generada más por el comercio y el consumo interno que por las exportaciones. Los luego altísimos precios internacionales apenas habían empezado y las grandes extensiones cercanas al puerto de Buenos Aires no habían mostrado aun ese potencial económico que colocaría a la Argentina con un producto per cápita superior al de Inglaterra.
Estas enigmáticas cuestiones históricas, aunque mínimas y olvidables, tienen sin embargo para mí mayor encanto que muchos otros enigmas. Que no se tenga una visión clara de lo sucedido hace unas décadas me parece notable. El poema fue publicado en 1872; 14 años después nacía uno de mis abuelos. Viéndolo así no me parece que haya pasado tanto tiempo.
Cuando el relato de los hechos contraría lo esperado el desconcierto puede llevar a reflexionar sobre la misma reflexión. La vacilación entre confiar en los datos, buscar otros complementarios o rever nuestra interpretación es una ociosidad. Su práctica lleva a leer los periódicos con la misma actitud crítica que cuando leemos historia o una novela escrita en octosílabos.
Porque ver a la novela, la historia y el periodismo como relatos de veracidad creciente implica el postulado de que el conocimiento que podemos obtener de ellos es también respectivamente creciente.
En cambio, confundir los géneros, y leer periódicos, historia y novelas como si fueran todos relatos, escritos con limitaciones e intenciones subyacentes, invita a leer con ojos nuevos.
Escrito por aleajacta
Escrito por aleajacta