Es un tópico clásico comparar la opinión pública con el turbulento mar, por sus flujos y reflujos, porque no puede preverse si será tranquilo o indócil en un futuro próximo.
Aunque la oceanografía y la sociología hayan avanzado más que la poesía, como opinión pública parece estarnos vedado comprender nuestros vaivenes durante los hechos. Ver estos cambios, aun en retrospectiva, ayuda a poner en duda nuestras opiniones actuales.
Por ejemplo, en Argentina defenestrar al Sábato escritor está de moda desde hace tiempo; lo mismo que cuestionarle sus elogios a Videla. Tres cambios de opiniones, uno de Sábato y dos de la audiencia, pueden verse ahora como inevitables.
Para que Sábato, la comisión que presidía y el informe que publicaría, conocido como “Nunca Más”, fueran aceptados convenía ver en Sábato a alguien imparcial. Para lo que colaboraban sus atolondrados elogios de siete años atrás al “general cívico” Videla.
Y es que la opinión de Sábato había cambiado a un ritmo apenas mayor al de la opinión pública de la que él formaba parte, pues no pudo evitar ser contemporáneo a las percepciones masivas de los hechos y no quiso buscar otras. Pero la velocidad de cambio de la opinión pública, que Sábato tan bien presidía y representaba, no era la pretendida por quienes entonces accedieron al poder formal. Y al estrategia fue otra.
Fue considerado preferible acrecentar la imagen de Sábato para que, por hipálage, sus informes fueran considerados moralmente ciertos. Para ello se ensalzó la sensibilidad humanitaria de Sábato, su prestigio literario, su moderación y hasta que era prueba de honradez que viviera en su casa de Santos Lugares desde hacía tantos años, como si mudarse fuera hábito delictivo.
Además de los motivos personales que pudo tener Ernesto Sábato para aceptar presidir la comisión, el canal para persuadirlo fue seguramente familiar. Un hermano fue funcionario de Frondizi. Otro hermano lo fue de Illia. Un hijo fue luego vicecanciller y Ministro de Educación de Alfonsín.
Todo esto, que no fue casual, no significa malintencionado: políticos y clase alta gustan y precisan verse más allá del bien y del mal, con propósitos incomprensibles para las masas y que justifican algunos medios. Pero la victoria sobre lo que opinamos públicamente nosotros, las masas, es uno de sus objetivos eternos. Lo era de aquellos dirigentes, de sus adláteres y de sus circunstanciales aliados, muchos de los cuales eran parte también de la masa de opinión pública aun cuando a la vez contribuyeran a darle su provisoria forma.
En parte por el ensalzamiento de Sábato, esa victoria sobre la percepción de la opinión pública se logró. Fue victoria de convencimiento a las víctimas de la represión, para que eligieran revivir dolorosas vivencias como paso previo a que brindaran testimonio legal; victoria de información a una población que se descubría ignorante de las barbaridades del terrorismo de estado; victoria de creación de condiciones y recopilación de testimonios que permitirían enjuiciar civilmente a las Juntas Militares (acontecimiento histórico mundial que llevó a varios, como The Economist, a sostener que Raúl Alfonsín debió recibir el Premio Nobel de la Paz, según recordó el semanario a raíz del injustificable premio de este año); victoria de inaccesibilidad al poder a futuros aventureros de armas y dinero; victoria de concientización de las virtudes de la república y riesgos de las dictaduras; victoria que, por ser amplia y retomada, tenderá a ser recordada como política de estado; victoria que, por ser cultural, ha contribuido a que todo esto haya sido de largo aliento.
De esas victorias Sábato fue hacedor, entre tantos, e instrumento, entre tantos. Como instrumento fue elevado a unos altos sitiales desde donde le fue más fácil caer que mantenerse, cuando la necesidad política de sustentarlo terminó de esfumarse.
Porque tras alcanzar los grandes objetivos, ¿cuál podía ser la necesidad pública, o la conveniencia política con la cual se había confundido, por la que era bueno y útil callar pequeñas opiniones en pos de aquellos objetivos?
***
Alcanzados los villanos por el rayo del vilipendio, el prestigio de Sábato se redujo a su fama. Como sensible opinador moral que ha concluido con la causa que no había buscado iniciar, tema de tan poco interés para los medios masivos, giraban tanto las preguntas de los entrevistadores como las obedientes respuestas del famoso escritor que había presidido la CONADEP. Monotemáticas preguntas y desinspiradas respuestas terminarían transformando una imagen de referente moral en otra de depresivo hiperestésico.
A la vez, sobrevendidos sus libros, los críticos literarios y los pares del escritor retomaban tímidamente la opinión escéptica de sus virtudes literarias, en parte amparados por la acrecentada fama literaria de Borges, quien siempre había sugerido que Sábato era un escritor de segundo orden, en el mejor de los casos.
También fueron descubriendo aquellos especialistas que su timidez era cada vez menos necesaria, pues no eran acusados de reaccionarios a favor de dictaduras si sus críticas, aunque indirectas o de calculada indiferencia, se focalizaban en lo estrictamente literario. Y cuando algunos quisieron defenderse o acusar aun más, utilizaron las fútiles y pomposas declaraciones del Sábato de mayo de 1976.
Y es sugestivo que estos cambios sucedieran durante el Gobierno del sucesor de Alfonsín, el que presidió Ménem, que prefería la política de superación u olvido a la de juzgamiento de aquellos militares, cuyo infame catálogo de horrores que era el “Nunca Más” dejaba de ser noticia solo en parte porque ya lo había sido.
***
Aunque estas opiniones sobre motivaciones de los formadores de opinión pública son insuficientes, pues además de poca informadas les falta difíciles análisis de las condiciones que permitieron que unas opiniones generalizadas amplias pudieran ir prevaleciendo sobre otras, es para mí claro que aunque sepamos poco siempre podemos pensar mejor ese poco.
***
Escrito por aleajacta
Escrito por aleajacta
Escrito por avohadjian 




